dom

17

jul

2016

XVI Domingo del tiempo ordinario

Gén 18,1-10a; Sal 14; Col 1,24-28; Lc 10,38-42

LA HOSPITALIDAD

En el hemisferio norte, estamos llegando a la temporada alta de vacaciones, del 15 de julio al 15 de agosto, tiempo propicio para las relaciones humanas, el encuentro con amigos, las reuniones familiares, las relaciones sociales, que posibilitan los valores de la acogida, de la hospitalidad, las meriendas y cenas entre conocidos. En este posible contexto, la Palabra de Dios nos ofrece cuadros emblemáticos, para trascender nuestros diferentes gestos de acogida en clave evangélica.

En el Año Santo de la Misericordia, el papa Francisco nos invita a reavivar la meditación de las obras de misericordia, tanto corporales, como espirituales. Los nombres de Mambré y de Betania, que aparecen en las lecturas, son referencias bíblicas que proponen las actitudes más generosas de hospitalidad.

 

San Mateo nos revela el secreto de la dignidad del prójimo cuando afirma que todo lo que le hagamos a éste, se lo hacemos al mismo Cristo. Hasta un vaso de agua, dado en el nombre del Señor a quien tiene sed, tendrá su recompensa.

El ejemplo de Abraham y el comportamiento de Marta y de María se convierten en motivo de emulación para estar atentos y no perder el momento en el que pasa a nuestro lado el huésped, el peregrino, el forastero, el prójimo…

Vivimos una hora por un lado un tanto extrovertida, y por otro lado, con reacciones endogámicas, secesionistas, atrincheradas en ideologías excluyentes, en partidos monolíticos, en territorios nacionalistas. El patriarca nos enseña una conducta de apertura magnánima, generosa con quienes pasan a nuestro lado aunque no los conozcamos. Deberíamos tomar como regla de vida aquella actitud suya, descrita con tanto detalle, en la que no se reservó nada para obsequiar a los forasteros, en los que llegaba Dios mismo, y que le valió la mejor bendición, por la que se convirtió en padre.

En el Evangelio abundan las sentencias que elevan al prójimo a la mayor dignidad: “Venid, benditos de mi Padre, porque fui forastero y me acogisteis”. Sin embargo, el miedo, la sospecha, el encerramiento nos impiden el gesto generoso.

 

Desde el salmo interleccional, no solo tenemos la llamada a acoger, sino a hospedarnos en el santuario de la misericordia, y para ello, de nuevo se nos indica que el camino no es otro que el bien hacer al prójimo: “¿Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?  El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo”.