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10

jul

2016

XV Domingo del tiempo ordinario

Dt 30, 10-14; Sal 18; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

LA FUENTE DE LA FELICIDAD

Todos buscamos la felicidad, es un impulso innato. Los científicos señalan que el mundo se mueve por alcanzar la sociedad del bienestar, y fija esta meta en la obtención de algunos bienes, y en la posesión de aquello que se proyecta en el imaginario colectivo como meta, aunque se trate de algo efímero.

Se detecta que se buscan bienes, nivel de vida, de consumo, al margen de los valores intrínsecos, y esto lleva a una permanente ansiedad.

Hoy la Sagrada Escritura nos revela la fuente de la mayor felicidad, que es el descubrimiento de la voluntad divina, aquello que Él nos ha revelado como ley natural y como preceptos positivos.

Nos dice la primera lectura: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma”.  Podríamos excusarnos por no saber lo que quiere el Señor. Sin embargo, dice el texto sagrado: “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (Dt). 

El salmista canta los valores de la ley del Señor: “Es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante” (Sal). La ley del Señor alegra el corazón, ensancha el alma, concede un sentimiento de plenitud único.

Si fuéramos a resumir el mandato del Señor, lo encontramos precisamente hoy en el Evangelio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Y Jesús sentencia: “Haz esto y tendrás la vida”.

Pero podríamos especular sobre el modo de llevar a cabo lo que se nos indica. Y Jesús nos ofrece un ejemplo emblemático, el comportamiento del samaritano con aquel que ve maltrecho, medio muerto al borde del camino, víctima de ladrones y salteadores.

Año de la misericordia. El logotipo de este año representa a Dios que se echa a los hombros a Adán, y en él, a la humanidad entera, para llevarlo a la posada donde curarlo. Es bueno que nos sintamos sobre los hombros del Buen Pastor, del Buen Samaritano, abrazados por el Buen Padre. Pero si nos hemos sentido consolados por las entrañas divinas, es bueno hacernos testigos de ello, expandiendo la misericordia.

Quien practique el mandamiento del Señor verá cómo es verdad la vida en él, la alegría en su corazón, la realización más plena, la adquisición del mayor estado de bienestar, porque paradójicamente, según el Evangelio, quien quiera ganar su vida, que la pierda, que la entregue por amor.