XIII Domingo del tiempo ordinario

1Re 19, 16b. 19-21; Sal 15; Gál 5, 1. 13-18; Lc 9, 51-62

LA VOCACIÓN

Hoy es fácil encontrar el hilo conductor en las lecturas que nos propone la Liturgia. Se trata, sin duda, de la personalización de la llamada al seguimiento evangélico.

En la primera lectura, vemos que Elías elige a Eliseo, según le indica Dios: “El Señor dijo a Elías: -«Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.» Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: -«Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.» Elías le dijo: -«Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?»  (1Re).

Observamos una diferencia importante entre la tolerancia de Elías, que deja ir a Eliseo a despedirse de su padre, y la radicalidad de Jesús, que contesta con palabras al parecer incomprensibles al que le pide permiso para ir a enterrar a su padre: -«Sígueme.»  É1 respondió: -«Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»  Le contestó: -«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios»  (Lc).

Este contraste, sin duda, no es para afirmar que Jesús es insensible, sino para decir que el seguimiento de Elías es diferente del seguimiento del Maestro de Nazaret. Seguir a Jesús es vocación divina ante la que cabe exclamar: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano” (Sal).

La llamada de Jesús es identificativa y configuradora, crea unos vínculos mayores que la carne y la sangre; seguirlo a Él es el primer mandamiento, por lo que no se conculca el precepto de piedad de enterrar a los muertos, como no se quiebra el mandamiento de piedad con los padres cuando se abandona el hogar para formar una nueva familia.

La Palabra de Dios nos revela la prioridad que da el seguimiento a la opción de no anteponer nada al amor de Cristo. Y cuando se hace esta opción, el mismo Evangelio afirma que quien deja casa, familia, padres, bienes, recibirá cien veces más.

San Pablo acierta a definir lo que significa haber sido llamados por el Señor: “Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor” (Gál). 

Solo Jesús, por su identidad divina, tiene autoridad para exigir la radicalidad de seguirlo, sin mirar a los lados.