XI Domingo del tiempo ordinario

2Sam 12,7-10. 13; Sal 31; Gál 2,16.19-21; Lc 7,36-8,3

EL RECONOCIMIENTO HUMILDE DE LA DEBILIDAD Y DEL PECADO

La Liturgia de la Palabra de este día nos vuelve a ofrecer dos relatos coincidentes, en los que se describe la reacción de David ante la denuncia de su pecado, y la de la mujer pecadora. En ambos casos sobresale la ternura de Dios al percibir el gesto humilde y agradecido del pecador.

Ante la denuncia del profeta al rey, “David respondió a Natán: -«¡He pecado contra el Señor!» Natán le dijo: - «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»  En este contexto, resuena la expresión sálmica, atribuida a David: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.

 

En el Evangelio, la pecadora lava los pies a Jesús en presencia del fariseo, y así vemos dónde está el secreto del perdón: -«¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»  Y a ella  le dijo: -«Tus pecados están perdonados.»

Cuando se ha pecado, amor y humildad se alían como mejor respuesta, y se reacciona de manera adecuada ante Dios.

El papa Francisco nos dijo a los misioneros de la misericordia el Miércoles de Ceniza, en el momento del envío, que hay tres tentaciones que se le presentan al pecador y que le invitan a no acudir al perdón. La primera es atrancar la puerta, porque se convive con el pecado y se desea permanecer en pecado; la segunda, cuando le da vergüenza al pecador acercarse al perdón; y la tercera porque se llega a creer que no se tiene ya remedio, y para qué acudir a la misericordia.

Francisco no cesa de proclamar la misericordia divina, y ha llegado a decir que nos cansamos nosotros antes de pedir perdón, que Dios de perdonar. Y en otra ocasión, para animar a todos a acudir a la misericordia, llegó a afirmar: “A Dios no le interesan tus caídas, sino tus levantadas”.

David y la pecadora reaccionaron de manera adecuada acogiéndose humildemente y con amor a la gracia restauradora del perdón. Hay experiencias íntimas que no se superan mientras no se llega a reconocer la propia debilidad y a abrirse a la gracia de la perdonanza.

 

Dios es bueno y misericordioso, lento a la ira y rico en bondad, y en cuanto ve al ser humano dolorido por causa de su debilidad, lo acoge, lo cura, lo unge y lo perdona.