Domingo de la Santísima Trinidad

DIOS ES SINODAL

Al hilo de las últimas lecturas litúrgicas del Tiempo Pascual, he ido guardando en la memoria las declaraciones de Jesús a sus discípulos, y cómo les aseguraba que Él no hacía nada por su cuenta, ni tampoco hablaba por su cuenta, sino que hacía lo que le había visto hacer a su Padre, y hablaba de lo que había oído a su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo” (Jn 5, 19).

Y más adelante, el evangelista San Juan reitera la comunicación del Maestro: “Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía” (Jn 7, 28). Jesús hace y dice en relación estrecha con su Padre: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». (Jn 8, 28-29).

 

Y en este contexto, cuando Jesús adelanta la noticia de la efusión del Espíritu Santo, y la misión a la que será enviado, se descubre que ni Jesús ni el Paráclito actúan por libre. “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16, 12-15).

Estas declaraciones implican que, al igual que quien ve al Hijo ve al Padre, según palabras de Jesús al apóstol Felipe, quien escucha a Jesús, acoge la Palabra de Dios; y a quien la recibe, se le da poder para ser hijo de Dios, por adopción. Y quien abre su oído al Espíritu, a quien escucha es al Señor que lo envía.

Las personas divinas se comunican de tal manera entre sí, que no cabe relacionarse en verdad con el Padre al margen del Hijo, ni con el Hijo, excluyendo al Espíritu, sino que el obsequio que hagamos a uno se lo hacemos a la Trinidad Santa, y la recepción de la revelación divina, manifestada en las Escrituras, y en el propio corazón, significa la receptividad del don divino total, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El mensaje evangélico aún llega a más, cuando afirma: “No podéis decir que amáis a Dios a quien no veis, si no amáis al prójimo a quien veis”. Y en otro momento dice Jesús: “Lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo hacéis”. Con lo que descubrimos que no solo la Trinidad vive en la unidad, sino que la humanidad está en íntima relación con la Santa Trinidad, de tal forma que el trato mutuo, desde la fe, se convierte en posibilidad de amor trinitario, lo mismo que la relación con el Hijo es relación con el Padre, gracias a quien nos abre al amor de Dios y al prójimo, el Espíritu Santo.

Por gracia somos una misma cosa en Dios, y lo mismo que se comunican las divinas Personas en la Trinidad Santa, cuando tratamos con el Padre lo hacemos con el Hijo y con el Espíritu Santo; y cuando nos tratamos entre nosotros, aunque no lo sepamos, estamos tratando con Dios de la forma más inmediata. No porque nos arroguemos dignidad pretenciosa, sino porque la Trinidad se siente amada en nosotros.