lun

16

may

2016

Tiempo ordinario

Hemos alcanzado la cincuentena pascual y hemos celebrado la gran Pascua de Pentecostés, que nos permite mirar con esperanza el futuro, porque se nos asegura la presencia, el acompañamiento y hasta la defensa que nos proporciona el Espíritu Santo.

El día a día no siempre es fácil, no solo por lo inmediato que nos toca vivir en nuestros espacios domésticos, sino por el impacto que nos llega de las noticias tan adversas, violentas, terribles de las guerras, terrorismo, desplazamientos humanos…

Tener esperanza, permanecer serenos y mostrar optimismo puede parecer que se debe a que se vive de manera inconsciente, al margen o de espaldas a la realidad de tantos que padecen situaciones insufribles.

Quizá necesitamos la sacudida del terremoto, del huracán o del incendio para saber valorar lo que significa la brisa suave, la paz interior, la convivencia en respeto. Tenemos el reto de no sucumbir en el ensimismamiento y de saber ofrecer el testimonio de vida de quien, gracias a la fe, sabe interpretar todo de otra manera, pero no por ello enajenado del compromiso solidario. 

Tiempo de valorar el pan de cada día, el puesto de trabajo, el espacio social y doméstico, la suerte de la relación amiga, la posibilidad de la convivencia plural, la celebración de la fe.

El refrán dice que solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena; y de la salud, cuando estamos enfermos, y de la familia, cuando la tenemos lejos. No debiera ser así, y menos por falta de agradecimiento a tantos dones como se nos han regalado por gracia del Espíritu Santo.

Si hemos pedido ardientemente la venida del Paráclito, del Amigo del alma, del Huésped divino, del Maestro de oración, de la luz y sabiduría del corazón, del Señor y dador de vida, no podemos quedarnos con los regalos para provecho propio. Lo que cada uno es por gracia, lo es para beneficio de los demás.

No nos pertenecemos. En la medida en la que sepamos compartir a diario lo bueno que tenemos acrecentaremos los dones y colaboraremos con una sociedad que se estabiliza gracias a la presencia silenciosa de quienes saben dar lo mejor de sí mismos.

En cada encrucijada cabe reaccionar con nerviosismo o con calma: con violencia o con esperanza; con atrincheramiento defensivo o con apertura de corazón; como testigo de la trascendencia o esclavizado por el materialismo intrascendente; como amigo y compañero de camino de quienes se cruzan en la vida o introvertido por los afanes egoístas. 

La vida es diferente según el grado de entrega, y la cotidianidad se puede convertir sea en la tentación del tedio, sea en la mejor posibilidad para prestar a otros la luz del Espíritu que hemos recibido, por el que cabe acrecentar, recrear, embellecer el medio en el que se vive, y posibilitar así la experiencia de la novedad en lo que puede presentarse monótono, gris, reiterativo, crónico. Siempre tenemos la posibilidad de ser signos de luz.