Cosolador

Espíritu Santo, te invocamos como Consolador, y el Señor Jesús te envió para que estuvieras junto a nosotros muy atento y nos sacaras de nuestras tristezas, abatimientos y desolaciones.

Hoy muchos reprimen sus lágrimas porque hay quien no las considera estéticas y soportan clandestinamente el dolor y el llanto que producen las heridas del corazón, las rupturas de la amistad, la infidelidad familiar, la necesidad insatisfecha de una relación…

Jesús Resucitado se acercó a María Magdalena, y le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Tú también tienes la misión de acercarte a nuestras lágrimas, y de dejarnos expansionar el ser, uniéndonos a tus gemidos. Necesitamos expresar sin miedo ni rubor nuestros intentos fallidos por conseguir la felicidad a través de la posesión de los bienes y de las relaciones interpersonales.

 

Duele mucho convencerse de la torpeza reiterada en el uso de los bienes de manera egoísta, y sobre todo en las relaciones personales, que dejan el sabor, en el mejor de los casos, de nostalgia y tristeza.

Convierte nuestro llanto en don, nuestras lágrimas en drenaje de toda angustia; que sean alivio, desahogo, liberación, porque nos las recoges Tú, Espíritu Consolador.

Hoy es muy frecuente acudir a algún centro de escucha, a quienes profesionalmente se dedican a acompañar en el duelo, a quienes tienen palabras de consuelo, o simplemente permanecen silenciosos, ofreciendo su cercanía en momentos de intenso dolor.

Cuando suceden catástrofes, accidentes con víctimas, enseguida salta la noticia de la presencia voluntaria de personas expertas en acompañamiento. Y casi nunca sabemos que se te invoque a ti como verdadero y gran Consolador, cuando eres Tú quien se ofrece a través de los mismos profesionales.

Eres Tú, amigo del alma, dulce huésped interior, maestro de oración, Señor y dador de vida, luz de los ojos interiores y fortaleza del ánimo, quien en verdad consuela por dentro. ¡Cómo cambia el ánimo cuando se aposenta la paz en las entrañas!

Tú eres el dador de la paz interior, la que proviene del perdón y de la misericordia, regalo del Crucificado para todos los que se abren a la gracia reconciliadora, desde la humildad y el reconocimiento de la pobreza y necesidad personales.

Eres tregua en la fatiga, descanso en el duro trabajo, alivio en nuestro esfuerzo, brisa en horas de fuego, gozo interior y consuelo profundo, más allá de las circunstancias favorables o aciagas que acontezcan.

 

Espíritu Santo, Consolador, Tú me conoces por dentro, ven, extiende tu mano sobre mí, bendíceme con la moción consoladora, la que acredita el camino a seguir, pues significa que se avanza por la senda de tus mandatos.