Amigo del alma

LOS NOMBRES DEL ESPÍRITU SANTO

Espíritu Santo, que me habitas en lo más profundo de mí mismo, y según la expresión de San Agustín, vives en lo más íntimo de mi propia intimidad: Tú eres Aquel que lo penetra todo y lo conoce todo.

El salmista reza: “Señor, tú me sondeas y me conoces.  Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, |todas mis sendas te son familiares” (Sal 138). Si es así, ¡cómo voy a huir de tu mirada y escapar de tu presencia!

¡Cómo ocultarte nada de mi alma, si Tú, sin que yo te lo diga, ya lo sabes y lo conoces todo! Además, eres el Tú necesario con quien pronunciar las sombras, y los deseos más ocultos, con quien gustar la moción consoladora y los sentimientos más nobles.

Tú eres el Amigo del alma, el que sabe de verdad si lo que siento es por tu gracia o por mi deseo. Pero quizá, al conocer mi deseo tú lo conviertes en llamada, bien para que descubra mi error, bien para que empeñe mi vida en seguimiento evangélico.

Dice el Libro Sagrado: “Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable. Un amigo fiel es medicina de vida, y los que temen al Señor lo encontrarán” (Eclo 6, 14-16).  Gracias, Espíritu Santo, porque reconozco que si no hubiera sido por ti, no habría tenido fuerzas para levantarme cada vez que tropiezo. Si no fuera por ti, me abandonaría en mi propia debilidad, y me encerraría en mi introversión vanidosa o depresiva.

Amigo del alma, aunque no puedo pedirte que vengas, pues me habitas, sí te ruego que te dejes sentir, de la manera que Tú sabes, para que en mí nunca triunfe mi egoísmo, y siempre, por tu gracia, sepa relacionarme conmigo mismo, con los que me rodean, y con el Misterio divino que me abraza.

Suelo decir de la necesidad que tenemos de acudir a un puerto franco, donde se puede descargar la mercancía sin tener que pagar tasas, es decir, pronunciar el alma sin miedo al juicio, sin reproches.

¡Cómo alivia cuando hay posibilidad de desahogo, y se drena la oscuridad, la tristeza, el mal deseo, el fantasma del miedo, la hipótesis fatal, la desgracia, y hasta el pecado! 

Amigo del alma, sé que no te asusta mi sinceridad, por el contrario, la deseas para llenarme enteramente de ti. ¡Ven, y déjame sentir que soy tu amigo, aunque reconozco que tal sentimiento es por gracia y no por mérito propio!