VI Domingo del tiempo ordinario

Act 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Ap 21, 10-14.  22-23; Jn 14, 23-29

LA IGLESIA

Estamos llegando al final de la cuarentena pascual, y las palabras de Jesús en el Evangelio suenan a despedida, pero a la vez nos ofrecen una clave que es transfiguradora en todo tiempo. “Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo” (Jn 14, 28-29).

En principio parece que el despojo de la visión de la persona de Jesús es motivo de tristeza, pero si creemos que el Resucitado permanece entre nosotros, su marcha nos posibilita una relación más inmediata que si se apareciera visiblemente. Es la presencia que nos promete en la Iglesia, en la Palabra, en la Eucaristía, en la asamblea reunida en su nombre, en el prójimo, y hasta en los mismos acontecimientos.

 

La nueva Jerusalén ha comenzado, y la visión del Apocalipsis tiene su mejor concreción en la Iglesia. Ella es la esposa, la revestida como una novia, la nueva Jerusalén: “El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios” (Ap 21, 10). 

A lo largo de los siglos, gracias a la asistencia del Espíritu a la Iglesia, los creyentes pueden participar de la vida divina. La gracia bautismal, el perdón de los pecados, tomar parte en la mesa del Señor, el fortalecimiento en la fe, la sacramentalidad divina del amor humano, el ministerio sacerdotal y el bálsamo que cura las heridas son las mediaciones sacramentales que nos posibilitan vivir en este mundo como familia de Dios y formar, como piedras vivas el nuevo templo, la ciudad santa.

Vivimos momentos de esperanza. Si en los primeros tiempos del cristianismo, los discípulos, reunidos en concilio, bajo la acción del Espíritu, comprendieron que para pertenecer a la Iglesia, no era necesaria la circuncisión -“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables” (Act 15, 28), el mismo Espíritu, por voz del papa Francisco, sigue alentando a los hombres y mujeres de nuestro tiempo para que todos se sientan atraídos hacia el recinto de la misericordia y del perdón, y gocen así de la alegría del Evangelio.

Jesús se despide, pero el Maestro nos ha dejado la posibilidad de convivir con Él, de sentir su acompañamiento, de sabernos en la comunidad de los discípulos gracias a la mediación de la Iglesia, que nos ofrece la gracia sacramental, según la necesidad de cada uno.

¡Que nadie se prive del gozo de la misericordia! ¡Que todos puedan sentir la cercanía de Cristo resucitado, quien a través del Espíritu Santo, sigue alegrando el corazón de sus fieles!