V Domingo de Pascua

Act 14, 21b-27; Sal 144; Ap 21, 1-5ª; Jn 13, 31-33a. 34-35

LA SEÑAL DE LOS CRISTIANOS

No somos tan ingenuos como para pensar que por ser cristianos tenemos un solo corazón y una sola alma, ni mitificamos la debilidad humana, como si no supiéramos que, a pesar del mandamiento nuevo, que nos dejó Jesús en la noche de Última Cena, el amor mutuo sigue siendo en muchos cristianos un proyecto, un deseo y un combate.

 

Sin embargo, a pesar de la debilidad personal, del egoísmo innato, de la percepción íntima de la conciencia, en la que aparecen la envidia, los celos, la rivalidad, las palabras de Jesús son para muchos motivo de entrega y horizonte de sentido.

El mandamiento del amor mutuo, que nos dio Jesús, sigue siendo nuevo: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros” (Jn 13, 35). Hay muchos cristianos que en medio de una cultura del descarte son signos luminosos. En medio de la corrupción, de la guerra, entre los deportados, y entre todos los marginados, quizá de manera silenciosa y anónima, como fermento en la masa, permanece el amor, que supera ideologías, razas y  religiones…

Desde el conocimiento inmediato de la presencia cristiana en Oriente Medio que hemos tenido, podemos, sin duda, sentir lo mismo que los primeros discípulos compartieron al llegar a Jerusalén: “Reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Act 14, 27). 

Puede parecer un optimismo exagerado, como si no oyéramos las noticias, y viviéramos de espaldas a la realidad social, económica, política, que en tantos casos hace muy difícil la convivencia. Sin embargo, Jesucristo nos ha regalado la mediación de la Iglesia, donde podemos participar de la vida misma del Resucitado, y sentir su acompañamiento.

El vidente del Apocalipsis nos llega a presentar a la Iglesia como recinto de paz, de alegría, de banquete: “Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios” (Ap 21, 4). Es verdad que la visión tiene un carácter de profecía, de anticipo de lo que esperamos, pero ya aquí se puede vislumbrar, gracias al amor fraterno, desinteresado, que se mantiene hasta con riesgo de la propia vida, que muchos creyentes viven la belleza de la comunión, de la hospitalidad, de la entrega generosa. 

Cada uno, en su pequeña parcela, puede convertirse en parábola de belleza, de amor, de verdad. La honestidad, la honradez, la sencillez de vida, el servicio a los más pobres, la opción de salir de uno mismo está entre nosotros en la vida de muchos cristianos, testigos de la Pascua del Señor, razón de entonar un himno de bendición y de agradecimiento a Dios por los testigos del amor más grande.