Domingo de la Divina Misericordia

Hch 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Jn 20, 19-21

EL DÍA OCTAVO

En la Biblia no son indiferentes las citas numéricas, y al igual que hemos vivido la referencia “a los tres días”, “al tercer día”, cifra que contiene un significado pascual de muerte y resurrección; al igual que nos resuena todavía la expresión “el primer día de la semana”, que coincide con nuestro domingo, para señalar el día de la resurrección de Cristo; el octavo día, no solo significa la reiteración del ciclo semanal, sino el día más pleno.

En la noche de Pascua se proclamaba el relato de la creación, y en él se iban desgranando los siete días en los que Dios hizo su obra magnífica, por la que exultó satisfecho, al ver que todo había sido hecho bueno, ¡muy bueno! Los que nos ayudan a comprender las Escrituras, nos enseñan que el día de la resurrección es el octavo día, el día definitivo, con el que Dios ha consumado no solo la creación, sino también la redención, por lo que todo vuelve a ser bueno y amado.

 

Celebrar el octavo día es celebrar el último día, el día que no acabará hasta que se consume la tierra, mientras dure la representación de este mundo. En este día, celebrar la octava de Pascua nos permite gustar hasta qué extremo se realiza la plenitud en nuestra vida, gracias a la misericordia divina.

Este año jubilar de la Misericordia que nos ha ofrecido el papa Francisco, con las resonancias de la fiesta establecida por san Juan Pablo II, de celebrar en la octava de Pascua la Divina Misericordia, nos posibilita la experiencia restauradora de todas nuestras heridas, al contemplar el gesto de Jesús resucitado, alargando sus manos al discípulo Tomás, para confirmarle que Él estaba vivo. Dijo Jesús a Tomás: - «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»  Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!».

El Resucitado nos revela la posibilidad de convertir nuestras heridas en testigos proféticos de la Pascua, incluso la herida de la duda creyente, el dolor por la travesía de la noche de la fe; el sentimiento terrible de la falta de esperanza; la soledad más profunda por la ausencia de la persona en la que has confiado y que has querido; la percepción de fracaso y de ruina de una ilusión…

Las llagas de Jesucristo resucitado, que no han desaparecido en su cuerpo glorioso, nos indican que las heridas se convertirán en trofeos, en credenciales, que nos posibilitan la certeza de que nada se pierde, ningún dolor es inútil, no solo porque Jesucristo glorioso se da a conocer  mostrando sus manos con las señales de los clavos, sino porque Él viene en ayuda de nuestra debilidad, y llega a proclamar: «Dichosos los que crean sin haber visto.»

 

Atrévete a esperar, en medio de tus pruebas, la luz de la Pascua, el sentido pleno de tu vida, por la participación en los signos del Resucitado. Y al igual que el discípulo, profesa la fe, que en tu caso lleva ya bienaventuranza, porque no ves ni palpas, pero te atreves a creer, como lo hicieron los amigos de Jesús y tantos otros, a lo largo de la historia.