Noche de Pascua

En los iconos, se representa a Jesucristo resucitado de pie, erguido, y en algunos casos extendiendo la mano derecha para dársela a Adán, y sacarlo del fondo del Seol. En otros casos, se le pinta con el gesto de alargar las dos manos, con la derecha levanta a Adán, y con la izquierda a Eva.

La imagen de Jesús de pie y con proporciones áureas, bien con la media del 7 o con la del 9, representa la verdad de Aquel que ha vencido a la muerte y ha salido triunfante del sepulcro.

 

La figura del hombre de pie simboliza dignidad, en cambio la que yace en el suelo expresa postración, muerte. Es muy distinto el simbolismo de una persona levantada, que el de alguien que permanece sentado, caído en el suelo, tumbado o echado al borde del sendero. En los evangelios, en varias ocasiones se puede apreciar la circunstancia adversa en la que se encuentra una persona según se describa su postura. El ciego de Jericó está sobre su manto al borde del camino, el paralitico de la piscina probática yace sobre su camilla, el tullido de la puerta del templo no se puede levantar…

En la noche de Pascua se nos invita a ponernos en pie, a caminar. La resonancia de la salida de Egipto, de la esclavitud, implica andar, dejar atrás la esclavitud, y todo lo que eso significa. Somos guiados por el cirio pascual, que como antorcha y columna de fuego, es signo de Cristo resucitado.

Esta noche resuena la palabra creadora, brilla la luz, y refresca el agua, que es vida. Y hay un poema que dice: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.” 

Nuestra fe tienen un referente, Cristo resucitado. Aquel que se levantó en la hora de la cena y se quitó el manto en señal de despojo, sale hoy victorioso del sepulcro. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre – sobre – todo ­nombre (Flp 2, 9). Ante esta noticia caben diversas repuestas. La sorpresa, el miedo, la incredulidad. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro (Lc 24, 12), a comprobar los hechos.

Es momento de abandonar el refugio, la postración, el entumecimiento, la introversión, el narcisismo negativo, la clausura del cenáculo, y levantarse, ponerse en pie, andar, caminar, reemprender el camino, correr si es preciso, como lo hicieron las mujeres, el apóstol Pedro, y el discípulo amado.

Es noche de levantarse, de responder a la invitación del Resucitado, como lo hicieron Zaqueo, el ciego de Jericó, el paralitico, María Magdalena. Levántate tú también. Levantarse tiene resonancias bíblicas de resurrección.

Levántate, el Resucitado te tiende la mano para sacarte de tu posible postración, de tu pecado, de tus inercias, apatías, desganas, acostumbramientos, mediocridad, desesperanza, acostumbramiento.

Levántate, Jesús puede más que tu debilidad, más que tu pecado, y más que tu parálisis interior posible. Da crédito a la Palabra del Señor, confía, no te eches atrás, no argumentes que llevas toda tu vida tropezando y cayendo. Anticipa el triunfo de la gracia, de la misericordia, del abrazo entrañable.

Levántate, no argumentes que ya lo has intentado otras veces. Déjate conducir, acompañar, si es preciso, como lo hicieron los dos de Emaús, para no caer en el tedio ni en la desesperanza. Levantarse es en parte resucitar, como les aconteció al ciego, a Mateo, al paralitico, al hijo pródigo.

Los que se levantaron tuvieron la experiencia de la luz, de la Pascua, del paso del Señor, como Saulo en el camino de Damasco, y como tantos a los que Jesús invitó.

 

No sería poco fruto de las celebraciones pascuales, si tomas la decisión, estés como estés, de levantarte.