mié

23

mar

2016

Noche de Getsemaní

Esta noche, Señor, me asalta toda la vergüenza al contemplarme en tus discípulos, pues no creo ser mejor que aquellos a los que Tú tuviste por amigos y reaccionaron de forma tan torpe.

La traición de Judas, el sueño de tus íntimos, la negación de Pedro, el abandono de todos reflejan tantas de mis torpezas. Pero no quiero añadirte más sufrimiento por creer que no tengo derecho a tu mirada ni a tu misericordia. Sé que lo que más te ofende es la desconfianza, y lo que más te hiere es la falta de humildad. Quizá aquí se podría traer a la memoria tu queja: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?” (Jn 14, 9).

Sé que te duele que dé cabida a la duda sobre tu perdón y que llevemos cuentas del mal, y sobre todo que pensemos que no tenemos remedio. Cuando Pedro te dijo que ya era mucho perdonar siete veces a otro, Tú superaste todo cálculo, y nos dejaste la sentencia más generosa: “No te digo siete, sino setenta veces siete”.

Esta noche comprendo una  diferencia esencial en el comportamiento de los tuyos. Si tengo ante mí al traidor y a quien porfió en que no te conocía, también en ellos me enseñas la única salida posible, cruzarme con tu mirada. Si has reiterado tu acogida y misericordia para con todos los pecadores, ¡cómo no vas a tener compasión de quienes has llamado a ser discípulos tuyos!

 

Tú fuiste extremadamente compasivo con el hijo menor, que desperdició la herencia, y arriesgaste tu vida por devolvérsela a tu amigo Lázaro. Tú te hospedaste en casa de Zaqueo, del publicano, y de Leví. ¡Cómo no te vas a compadecer de quienes deseas que seamos tus amigos!

Si ante la conciencia de pecado cabe la huida, la desesperanza, la resignación, el intento justificativo, la evasión, el remordimiento depresivo, el resentimiento orgulloso y un tanto narcisista, también cabe la humildad, hasta aceptar la humillación, y acoger tu ofrecimiento de misericordia, encontrarse contigo, abrirse a la gracia, escuchar tu palabra y  dejarse mirar por ti.

Esta noche, parece lógico un criterio moralista que desprecie la infidelidad de tus amigos y juzgue como depravados a quienes, habiendo recibido tanto, en la hora suprema de tu angustia sean inconscientes, y te dejen solo.

Mi sensibilidad emocional querría confesar mi pertenencia más fiel a tu persona, y profesar con los labios y el corazón los votos más sinceros de querer ser de los tuyos. Pero creo que, conociendo mi debilidad, lo que esperas de mí, sobre todo, es que siempre vuelva, que siempre me deje perdonar, que siempre acoja tu mirada misericordiosa.

 

Sé que te duele más mi orgullo clandestino cuando me creo sin remedio, que el hecho de tropezar una vez más en la misma piedra. Señor, para no quedar después en evidencia por mis torpezas, en voz baja te digo, con la sinceridad de la que soy capaz: “Perdona mis negaciones, mis distracciones, mi falta de vigilancia, mi violencia…”