Miércoles Santo

LA ORACIÓN

Estos próximos días estamos llamados a estar con Jesús, a ir con El a la Cena, a Getsemaní, y por el Camino de la Cruz, hasta el Calvario. Son días de acompañar en silencio las últimas horas en la tierra del Nazareno. Con las muestras de la piedad popular, las celebraciones litúrgicas y la oración personal se nos invita a mantener una relación de amistad con el Señor.

Hay momentos de la vida que no se prestan a especulación; son aquellos en los que el dolor, la enfermedad, la prueba, el sufrimiento se enseñorean y parece que impondrán de manera despótica un desenlace fatal.

 

En la experiencia del límite, cuando la mente es propicia a adelantar el abismo, y el corazón se encoge, ante el riesgo inminente de la peor noticia, una posibilidad favorable, al menos para mantener la calma, es permanecer en la contemplación de los sufrimientos de Jesús, y al mismo tiempo que surge la compasión, se nos devuelve la fuerza para sobrellevar nuestra prueba.

La oración de estos días es de contemplación, de unión, de amor, de estar con el Señor, de vivir de forma discreta cada hora en la resonancia de aquella otra “Hora” en la que Jesucristo padeció por nosotros los tormentos de la Pasión, para que siempre tengamos la certeza de que no estamos solos, aun en las peores circunstancias.

La participación en las celebraciones litúrgicas, la asistencia a actos de piedad, la permanencia silenciosa en adoración de la Eucaristía y de la Santa Cruz, el movimiento compasivo de acompañar a María, la Madre Dolorosa, la especial sensibilidad con todos los que sufren hoy la deportación, la soledad, la extrema necesidad, son expresiones solidarias que se transforman en consuelo interior.

¡Cuánto ayuda en los momentos recios no quedar atrapados en un dolorismo intrascendente! ¡Cuánto ayuda poder transformar la prueba en ofenda por tantos que necesitan sentir una mano tendida, un acompañamiento silencioso y afectivo!

Hemos recorrido la cuarentena, ya no hay tiempo de lucubrar sobre cómo vivir el tiempo pasado, pero es momento de intentar vivir lo más consciente posible los días en los que los cristianos celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. De ello va a depender que nuestra historia personal se transforme en experiencia de salvación.

 

¡Santos días!