V Domingo del tiempo ordinario

Is 6,1-2a.3-8; Sal 127; 1Cor 15, 1-11; Lc 5, 1-11

ELEGIDO DEL SEÑOR

Estamos a punto de entrar en el Tiempo de Cuaresma y el texto bíblico nos propone las vocaciones de Isaías y de Simón Pedro y de su hermano. La Palabra de Dios que se proclama este domingo parece que adelanta la intención del papa Francisco de enviar, como signo especial, a los misioneros de la misericordia, el próximo miércoles de ceniza: “Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios” (MV 18).

 

En ambos casos de las lecturas bíblicas, los elegidos reaccionan con la misma actitud de sorpresa, porque no ven razón personal para tal honor. El profeta, al hacerse consciente de la visión, se siente morir, porque le parece incompatible su identidad de pecador con la experiencia luminosa de gracia. Pero el Señor le responde: -«Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: -«¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: -«Aquí estoy, mándame.»

Simón Pedro, ante la pesca milagrosa, se echa a los pies de Jesús: Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: -«Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» A lo que el Maestro le responde: -«No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

La llamada es más fuerte que la debilidad, el profeta declina toda resistencia, y de manera abierta y disponible, responde: “Aquí estoy, mándame”. Y Simón Pedro, como gesto comprometido, junto con su hermano, “sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. 

La conclusión parece evidente: si Jesús nos llama no deberemos resistirnos, ni siquiera escudados en nuestra pobreza y debilidad. Cabe incluso que en la providencia divina, el elegido haya tenido que sufrir la experiencia de su fragilidad, para convertirse en verdadero misionero de la misericordia.

San Benito, en su Regla, anticipa que el Señor, que comienza en nosotros su obra, Él mismo la lleva a término. “Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a término” (Prólogo 4). El salmista expresa: “Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”.

 

Tú puedes ser un signo de la misericordia divina. No lo rehúses por creerte pecador, la gracia de Dios es mayor que la pobreza de la fragilidad. Deja que a través de ti el Señor prolongue su misericordia.