Regalo de Reyes

Los Reyes Magos me han dejado vivir estos días el privilegio de la soledad, el tesoro del silencio, el regalo de la naturaleza, el paseo dialogado con el entorno, para anunciar al romero, al cantueso, al requejo, a la jara, a la encina, al laurel y a la mejorana que les había nacido su Hacedor bueno.

Me han dejado el regalo de poder percibir la suavidad del tempero, la luz cálida del ocaso, el frío intenso, la proximidad del rostro humano, la alegría de la comunicación amiga, el canto de alabanza y el olor a incienso.

Agradezco a los Reyes el don de haber celebrado la quietud del claustro, la calma en la oración, la hondura del misterio, la gratuidad de la belleza anónima, la llamada a rendir el cuerpo.

 

He sentido por gracia la fuerza de muchos mensajeros, la estancia habitada por su presencia invisible, el derroche de gestos de tantos que nos quieren.

He gozado en la espera la vigila nocturna, la luz de colores y al raso las estrellas, el instante de la paz interior, íntimos momentos de contemplación serena y de alegría en la mesa festiva.

Al seguir a los Reyes hasta Belén, me ha embelesado la ternura de Jesús Niño, la acogida entrañable de la Virgen madre, el beso del cielo, la historia recia de Dios hecho hombre.

Y con ellos, he cruzado la puerta de la misericordia, bendición y perdonanza, providencia de encuentro, necesitado cada día.

 

Y no dejo de pensar en tantos que anhelan la paz, un techo, un rostro amigo, una existencia digna. Quieran los Reyes dejarte atisbar, al menos tanta abundancia de dones, y sentir la posibilidad de prolongar tú también sus gestos solidarios.