Epifanías

Quizá andamos nostálgicos por no ser testigos de algún fenómeno extraordinario, como dicen que fue la visión de la estrella que condujo a los Reyes Magos hasta Belén. Este tiempo de noticias impactantes, a veces nos produce ansiedad, por querer ver o escuchar algo novedoso, insólito, extraño… Y quizá esta es la razón por la que abandonamos lo que parece antiguo y surgen las adhesiones a lo más moderno y último, aunque no sepamos de su bondad, ni de su verdad.

Siempre es bueno estar abiertos para poder observar en los acontecimientos históricos el posible mensaje, porque de ello depende mantenerse despierto, atento, y superar toda tendencia introvertida, un tanto escéptica.

 

Pero lo asombroso es descubrir la novedad en lo ordinario, y hacer de lo pequeño y cotidiano una fuente de luz, destello de ofrenda, noticia generosa, como es la fidelidad entre esposos, la permanente actitud de acogida en las familias, el gesto anónimo y generoso, gratuito de ayuda y de cercanía. Hace poco días, con motivo de la fiesta de San Esteban, en la homilía, resaltaba que no solo existen los mártires cruentos, sino también los que ofrecen sus vidas, como los monjes, en pura gratuidad, y por amor, por lo que a la vida monástica se le ha llamado la “martiria blanca”.

Hace unos días, un compañero, que se crió junto a su padre carpintero, nos vino a traer, como obsequio de Navidad, un pesebre hecho por él, para colocar al Niño Jesús. Y uno, al verlo intuye las horas pasadas en el taller, hasta construir de manera artesana el mueble donde reclinar la pequeña imagen del Niño de Belén, imagen que en su día regaló al monasterio una joven palestina, venida desde la misma ciudad donde nació el Señor.

En el recorrido que debo hacer cada domingo para celebrar la misa en algún pueblo, es frecuente encontrarme los ganados, que han pasado la noche pastando, de los que cuidan personas venidas del extranjero. Y yo me decía que si hoy vinieran los mensajeros del cielo a dar la noticia a los pastores, la recibirían quienes hoy tenemos como emigrantes, mientras que quienes vivimos en nuestra propia tierra quizá no nos enteraríamos de la noticia celeste.

En Buenafuente, durante la Navidad, son pocos los huéspedes que se acercan al Monasterio, por el frío y porque estos días no disponemos de los servicios necesarios para atender de manera obsequiosa, y sin embargo, algunos voluntarios han adornado el lugar como si fuera a ser contemplado por muchos, y una estrella grande, que luce sobre las dovelas del arco de entrada, permanece encendida, aunque nadie la contemple, como señal que indica el belén. Y uno descubre, de nuevo, la ofrenda de amor gratuita.

Cada día hay manifestaciones luminosas, que revelan la bondad del hombre, nacido de las manos del Creador, hecho a semejanza de su Hijo amado, y reflejo e impronta de quien es el Primogénito de toda criatura, a quien los santos Reyes rindieron homenaje y ofrecieron sus dones.

 

Que no perdamos nunca la sensibilidad para percibir el signo luminoso que nos conduce a la belleza del corazón humano, capaz de amar por nada, por amor, epifanía divina.