II Domingo después de Navidad

Eclo 24, 1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1, 1-18

EL ROSTRO DE DIOS

¿Quién puede saber la mente de Dios? Él mismo se nos ha revelado en su Hijo, Verbo eterno, que existía antes de los siglos y por quien y para quien todo se ha creado.

Pero si nos sobrecoge la manifestación del Verbo eterno, que estaba junto a Dios desde antes de los siglos, según afirma el Evangelio de San Juan - En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios-, lo que nos asombra es la afirmación paulina: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”. 

 

En la mente de Dios existimos desde siempre, porque ya éramos pensados antes del tiempo, y por eso estamos destinados a su gloria. El tramo de vida temporal es un ayer, una vela nocturna. Deberíamos vivir en esta perspectiva, y no agobiarnos, pues bien se nos puede aplicar lo que las Escrituras dicen de la sabiduría divina: “El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: -«Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás”.

No suplantamos al Unigénito, pero es Él quien nos lo ha dicho todo: “A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. 

La Navidad nos ofrece la valoración máxima de la humanidad. Por el misterio de la Encarnación, llegamos a tener la noticia más existencial. No solo Dios se ha hecho hombre y ha puesto su tienda en nuestro campamento, sino que por esta vecindad, nosotros nos hemos hecho ciudadanos del cielo.

La sed de infinito queda saciada, porque nuestra historia no comienza el día de nuestra concepción, ni termina el día de nuestra muerte, sino que el Creador nos había puesto nombre ya antes de ser concebidos, y tenemos un destino de eternidad junto a quien se ha hecho uno de nosotros, su propio Hijo, quien se ha convertido en nuestra cabeza.

Con esta contemplación, surgen los sentimientos del salmista: “Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión”. Y ante el pesebre de Belén, donde ha sido recostado el Hijo de María, el Verbo de Dios encarnado, al tiempo de rendir nuestra cabeza, recobramos la conciencia de la mayor dignidad.

 

Dios nos revela su designio de amor, no por un decreto, sino tomando nuestra naturaleza y haciéndonos hijos suyos por adopción.