IV Martes de Adviento

 

1Sam 1, 24-28; Lc 1, 46-56)

ACCIÓN DE GRACIAS

Se acerca la Noche Santa, en la que no debemos dormir, porque en ella se nos anuncia la salvación gracias al nacimiento del Hijo de Dios y en cumplimiento de todas las profecías, lo que muestra la fidelidad de Dios.

Ana, la madre de Samuel, nos ofrece el testimonio más elocuente de acción de gracias, por el hijo que ha recibido en respuesta a su plegaria, y que cede a Dios: -«Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo.»

 

El canto de Ana será inspiración para el canto de María, la madre de Jesús, cuando la madre del profeta entona: “Mientras los hambrientos engordan. la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía”. Y la Virgen de Nazaret, delante de su prima, reconoce: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

¡Cuántas veces somos beneficiarios de la misericordia de Dios, y sin embargo el favor lo procesamos como suerte, o fruto de nuestro trabajo!

No es por méritos nuestros por los que nos visita Dios en su Hijo, nacido de mujer. No hemos hecho nada para que nuestra pobre naturaleza albergue al Verbo eterno, y que la humanidad tenga en su haber el don de un Hombre que es Dios.

Por el regalo que la misericordia divina nos hace, hoy podemos entonar con María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado la humildad de su sierva”, porque Dios se ha compadecido de nuestra pobreza.

Es tiempo propicio de entonar cánticos, poemas, de intercambiar regalos, de visitar a los amigos, pero sin duda es tiempo para reconocer lo que Dios nos ha hecho con el nacimiento de su Hijo.

 

Gracias, Señor, porque a pesar de mi debilidad, Tú me has querido unir a tu Humanidad, y me dejas sentir, aun en lo más profundo de mi noche, el canto de los ángeles: “Paz a los hombre que Dios ama”.