IV Lunes de Adviento

Cant 2, 8-14; Sal 32; Lc 1, 39-45

CANCIÓN DE AMOR

Son muchas las figuras con las que los profetas han anticipado la venida del Mesías: como Siervo, como Salvador, como Juez; pero creo que ninguna más acertada que la que proyecta sobre el Señor la figura del Amado, y no solo porque sea el Hijo amado de Dios el que toma carne de las entrañas de María, sino también porque va a ser el amado de la Nazarena, y en ella el amado de la Iglesia: “¡Oíd, que llega mi amado, saltando sobre los montes, brincando por los collados! Es mi amado como un gamo, es mi amado un cervatillo”.

En un diálogo íntimo se nos ofrece la relación de amor, que no obedece a la posible proyección de nuestros sentimientos afectivos, sino a la revelación del amor con que Dios nos ama, y a la respuesta con la que lo acogen los que en Él confían. Podemos exultar de gozo, entonar cánticos, tañer para el Señor, como nos invita el salmista: “Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones”.

 

María, la Virgen Madre, muestra como ninguna otra criatura la respuesta de amor que debemos dar a quien se nos entrega en figura de Niño como el amor más grande.

Pero tenemos que ser nosotros, quienes al dar voz y respuesta enamorada ante la venida inminente del Emmanuel, exultemos de alegría. Que sintamos al menos la paz interior porque termina nuestra estancia solitaria, nuestro dolor sin horizonte, nuestra suerte sin destino.

Al escuchar el Cantar de los Cantares, nos puede parecer un lenguaje extraño, poco usual en el discurso eclesiástico, pero hoy no tiene pudor la Iglesia en tomar los versos del poema místico, como mejor expresión de su agradecimiento a quien dará la vida por amor, en favor de toda la humanidad.

Si puede ser María la receptora del poema de amor, y en ella la Iglesia, también cada uno de nosotros podemos acoger la declaración divina, aunque nos sobrepase: “Levántate, amada mía, hermosa mía, ¡ven a mí!  Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura”.

 

Tomemos las palabras que dirigió Isabel a María como expresión agradecida, y como posible cántico de felicitación a la Virgen Nazarena, a punto de dar a luz: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”