mié

16

dic

2015

III Miércoles de Adviento

Is 45, 6b-8.18.21b-25; Sal 84; Lc 7, 19-23

EL BESO DE DIOS A LA TIERRA

Si hay un himno característico de Adviento, si resuena en este tiempo un cántico monódico, interpretado por alguna abadía, es precisamente el texto que hoy se nos ofrece para meditar: “Rorate caeli desuper et nubes pluant justum” (Cielos, lloved vuestra justicia, ábrete tierra, haz germinar al Salvador).

El profeta Isaías anticipa con una imagen agrícola el don del regalo de Dios a la humanidad, el beso del cielo a la tierra. “Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra, y brote la salvación”.

En una de mis primeras visitas a Tierra Santa, el guía era de Belén, y nos contaba la razón por la que la uva de Hebrón era la más dulce: porque en vez de engordar con lluvia, lo hace con el rocío que cae sobre aquella tierra a medianoche.

 

El rocío de medianoche que produce el mejor vino se va a formar en la Nochebuena, cuando nazca el Hijo de Dios, quien después, en Caná de Galilea, convertirá el agua en vino, quien en la noche santa de la Pascua dirá, tomando una copa llena de vino: “Tomad y bebed, esta es mi sangre”.

Ahora se comprende el sentido del salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo”. Por la misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, y la tierra dará el mejor fruto, el fruto bendito del vientre de una Virgen, el Justo, el Santo, el Emmanuel.

Jesús envía a unos discípulos que le digan a Juan  cuál es la señal por la que pregunta: “Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio-“; esto viene a corroborar que Él es el Mesías esperado, la señal del cielo, el rocío santo, la bondad del Señor.

Si en tiempo de sequía la lluvia se interpreta como bendición del cielo, ¿qué no será si del cielo nos viene la salvación? Para no ser estéril, la tierra lo recibe, porque el mismo cielo dispone el fruto bendito; así se corresponden la misericordia y la fidelidad, la justicia y la paz.

Ahora se comprende el sentido del salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo”. Por la misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, y la tierra dará el mejor fruto, el fruto bendito del vientre de una Virgen, el Justo, el Santo, el Emmanuel.

Jesús envía a unos discípulos que le digan a Juan  cuál es la señal por la que pregunta: “Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio-“; esto viene a corroborar que Él es el Mesías esperado, la señal del cielo, el rocío santo, la bondad del Señor.

Si en tiempo de sequía la lluvia se interpreta como bendición del cielo, ¿qué no será si del cielo nos viene la salvación? Para no ser estéril, la tierra lo recibe, porque el mismo cielo dispone el fruto bendito; así se corresponden la misericordia y la fidelidad, la justicia y la paz.

Ahora se comprende el sentido del salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo”. Por la misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, y la tierra dará el mejor fruto, el fruto bendito del vientre de una Virgen, el Justo, el Santo, el Emmanuel.

Jesús envía a unos discípulos que le digan a Juan  cuál es la señal por la que pregunta: “Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio-“; esto viene a corroborar que Él es el Mesías esperado, la señal del cielo, el rocío santo, la bondad del Señor.

Si en tiempo de sequía la lluvia se interpreta como bendición del cielo, ¿qué no será si del cielo nos viene la salvación? Para no ser estéril, la tierra lo recibe, porque el mismo cielo dispone el fruto bendito; así se corresponden la misericordia y la fidelidad, la justicia y la paz.

Y en la Noche Santa escucharemos el canto: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra”, porque de lo alto nos llueve la bendición, al tiempo que en la tierra nos nace el Príncipe de la paz.