III Lunes de Adviento

Núm 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mt 21, 23-27

EL SENTIDO DE LA VIDA

Para saber interpretar la historia hay que tener, como el profeta, los ojos abiertos, los ojos perfectos, mirada creyente que transforma el sentido de los acontecimientos. Esta es la razón de la visión alentadora: “Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente”.

Precisamente hoy celebramos San Juan de la Cruz, quien nos enseña la luz de la noche, la claridad de la oscuridad, cuando canta: “En una noche oscura, con ansia en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada”.

Solo la fe hace posible ver sentido donde los hechos parece que cierran toda esperanza. La pregunta de Jesús nos puede dar ocasión de entrar en nuestro interior para ver cómo valoramos las circunstancias que nos rodean; -«Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?»

Cuando introducimos en la vida la trascendencia, y superamos toda ideología inmanentista, que nos encierra en nosotros mismos; cuando nos abrimos al mensaje de Jesús, y superamos el criterio horizontal, es posible ver el paisaje alentador, al menos en lejanía.

Si no llegamos a tener tanta perspectiva, es bueno fiarnos de quienes antes de nosotros se han convertido en testigos fidedignos, como son los místicos. El cántico espiritual de San Juan de la Cruz puede ser un texto alentador. El patrono de los poetas nos ofrece la experiencia personal más íntima, en la que a pesar de partir de una experiencia de ausencia, de vacío –“¿Adónde te escondiste Amado, y me dejaste con gemido?”-, llega a narrar la escena de mayor intimidad: “Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura al monte ó al collado, do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura”.

Desde ayer, Santa Lucía, la noche ha perdido su imperio, ya no crece la tiniebla, y muy pronto la luz del día avanzará cada mañana. La Liturgia, que nos ayuda a santificar el tiempo, se apoya también en la sucesión de la estaciones, y al crecer el día sobre la noche, nos invita a celebrar la venida del Señor.