jue

10

dic

2015

II Jueves de Adviento

Is 41, 13-20; Sal 144; Mt 11, 11-15

Las acepciones de Dios

Es verdad que Dios no hace acepción de personas, que para Él todos son iguales, y que por su parte no puede haber injusticia de trato desigual. Él nos ve a todos en el rostro de su propio Hijo. “El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”

Pero precisamente al contemplar en el misterio de la Encarnación al Hijo de Dios humanado y tomando la condición más humilde, sé que los que opten por el seguimiento de Jesús manso, pobre, humilde, atraen de manera especial la mirada divina.

Interpreto que la predilección de Dios por los pobres revelada en las Escrituras, es el modo más eficaz de suscitar el aprecio, la ayuda, la consideración hacia los más débiles.

Además de la defensa que hace la Biblia de los más débiles y menesterosos -“Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré”-, las Sagradas Escrituras nos presentan una llamada especial en favor de los pequeños.

Sin duda que Juan Bautista fue agraciado por la visita de María, la Madre de Jesús, cuando Isabel estaba encinta, Y como los vecinos de Ain Karen, podríamos exclamar: “¿Qué va a ser este niño?” Sin embargo, para Dios, según revela el Evangelio, aunque “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; el más  pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”. Y ¿quién es el más grande en el reino de los cielos?”

Jesús, al pronunciar las “bienaventuranzas”, afirma: “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”. Tener compasión, generosidad, acogida con los pobres y más necesitados, es tener la misma valoración divina.

Lo que hagamos a un pobre, a Dios se lo hacemos. En el Año de la Misericordia deberíamos tener más presente la forma de Dios de evaluar, no porque haga diferencias, sino porque protege más a los más débiles, y esta protección revelada, se convierte en llamada esencial para quienes desean seguir a Jesucristo.

El amor a los pobres es expresión divina, divinización humana. Es hermoso tener gestos de ternura hacia la imagen del Niño Jesús, pero Él ha querido indicarnos dónde se siente besado, regalado, amado: en los que más viven su anonadamiento en el pesebre de Belén.

Nos podemos convertir en prolongadores y testigos de Dios hecho Niño cuando no solo nos acercamos a los pequeños, sino cuando asumimos un modo de ser y de vivir al estilo de la familia de Nazaret.