dom

22

nov

2015

Visita a Belén

Querer comprender el acontecimiento sucedido en Belén, del nacimiento de Dios hecho niño, es querer hacerse mayor. Como exige la puerta de la basílica de la Natividad, solo los pequeños pueden entrar sin agacharse, o aquellos humillan la cabeza ante la entrada del lugar del pesebre.

La estrella que marca el lugar donde nació Jesús está en el suelo, no hay altar, la mesa es el universo y para besar y venerar el santo lugar hay que rendirse, agacharse, arrodillarse, echarse, postrarse, según la capacidad física del peregrino.

He sentido el privilegio, este año, de permanecer a solas en la gruta del Nacimiento y contemplar, sin palabras, lo que excede a la razón, que Dios haya querido hacerse niño, que el Todopoderoso haya querido revelarse en nuestra carne débil.

Sentado en el suelo, en el recinto sagrado he hecho mi oración comprometida:

Quiero traerte, Señor, la adoración, el beso, la ofrenda de quienes no pueden llegar hasta aquí, la de quienes esperan que mi oración por ellos les deje sentir tu mano bondadosa.

Señor, aquí, en Belén, te traigo la ofrenda invisible de tantos que quisieran postrarse ante la gruta que señala el lugar donde tú naciste de María, y llegar a sentir que Tú los amas.

Puede parecer que es fórmula piadosa decir que te has hecho hombre para que los humanos nos sintamos amados, y sin embargo, ha sido aquí, en Belén, donde de una manera original nos has revelado que nos quieres tantos que has decidido compartir nuestra naturaleza.

Aunque, tantas veces, no seamos conscientes de lo que somos para ti cada ser humano, lo más cierto es que Tú nos ves en este Hijo de María, y por este nacimiento, todos los hombres tienen en ti la mayor posibilidad de saberse queridos e invitados a hacer de con sus vidas una historia colmada de plenitud.