Solemnidad de Cristo Rey

Dn 7, 13-14; Sal 92; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33b-37

HOMENAJE

Quizá nos da pudor utilizar esta palabra y llamar “rey” a nuestro Dios, pues puede parecer una proclama triunfalista, al modo en que los humanos rendimos homenaje a los ganadores, a los que tienen el poder, y que tantas veces obedece a un movimiento arribista y un tanto especulador.

Hay quienes por ideología se pueden sentir violentos ante algunos términos con los que invocamos a Jesucristo.  A quien le es grato tratar con Jesús como con un amigo, como compañero de camino y humano, le puede violentar el tratamiento de Señor y de Rey aplicado al Nazareno.

Ante la revelación bíblica, que nos muestra a Jesucristo como Rey del universo, no debemos interpretar esta denominación real con los parámetros políticos y protocolarios humanos, sino desde las mismas Sagradas Escrituras.

Es verdad, y nos da alegría, la afirmación de que “el Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder” (Sal 92). A la vez, también es verdad que el momento en el que Jesús acepta ser proclamado rey es justamente el momento en el que es juzgado ante Pilato, quien manda poner sobre la Cruz: “Este es el Rey de los judíos”.

Así describe el Evangelio la escena: “Pilato le dijo: -«Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: -«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz»” (Jn 18, 37). En Cristo se cumplen las profecías: “Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán (Dn 7, 14).

La fiesta de hoy, desde la enseñanza teresiana, nos invita a tratar a Jesús con consideración, por más que Él ha pasado por este mundo como un hombre cualquiera, y ha tomado la condición de esclavo. “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1,5). Jesucristo es el príncipe de la Paz, el Rey de Reyes, y a su nombre doblan la rodilla los cielos y la tierra, y hasta los abismos. Él es el Señor del universo. A Él la gloria, y el honor por los siglos de los siglos.

Santa Teresa de Jesús no tiene reparo en tratar a Jesucristo como Hombre, y así se lo representaba siempre ella, pero a la vez lo considera como a su Rey y Señor, el primero en el padecer, por lo que ella enseña: “¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor nuestro, Rey verdadero de todo! ¿Qué dejasteis en el mundo? ¿Qué pudimos heredar de Vos vuestros descendientes? ¿Qué poseísteis, Señor mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no tuvisteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin, Dios mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas” (Fundaciones 10, 11).