Adviento 2015, tiempo de esperanza

Al comienzo del año litúrgico, se inicia el tiempo de Adviento, en el que se nos llama a la esperanza, invitación contracultural, si tenemos en cuenta los múltiples problemas sociales, políticos, económicos, familiares que forman nuestro entorno diario… Ante una perspectiva al menos compleja, en la que no es fácil descubrir signos alentadores, ¿cómo llamar a la esperanza sin que parezca un discurso artificial y protocolario?

Y me remonto al relato de la Creación, en el que después de cada jornada, el Criador se complace y llega a ver las cosas buenas y hermosas. Ante esta visión, el secreto de la esperanza, ¿consistirá en mirar, tanto la historia como el presente, desde los ojos de Dios?

Y me viene a la memoria la profecía: “Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del Poderoso, que cae y se le abren los ojos: ¡Qué bellas tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente. Su rey es más alto que Agag, y descuella su reinado” (Núm 23, 3-6).

Necesitamos mirar la historia con ojos de fe, y quizá la súplica más oportuna sea la misma del ciego de Jericó: “Señor, que vea”, pero esta visión no es solo material, ni se queda en una percepción de los datos, según los ofrecen los diverso sociólogos y las distintas estadísticas, sino que es también  una visión iluminada por la fe, la que permite invocar a Jesús como Hijo de David, y la que impulsa a convertirse en discípulo suyo.

La esperanza no se alimenta de la ilusión natural, ni de que las cosas sucedan como nos gusta, sino que la esperanza cristiana se funda en la voluntad divina, que siempre busca lo mejor para la humanidad, y para cada uno de nosotros.

Si hay una figura emblemática en el Adviento es María, la joven nazarena sorprendida por el anuncio del Ángel del Señor, al que responde de manera creyente: “Hágase en mí según tu palabra”.

No te invito a la esperanza desde un fanal, sino desde la realidad histórica, a la que miro con ojos creyentes que me permiten augurar una historia de salvación, y no solo por lo que ya ha sucedido, sino por lo que la promesa divina ha anticipado, en el hecho de tomar Dios nuestra naturaleza, y hacerse hombre en su Hijo.

Este Adviento hay una razón mayor para la esperanza: el anuncio del Año de la Misericordia, tiempo de gracia y de perdón, tiempo de comenzar de nuevo, libres de culpas y de penas, gracias a la entrañable llamada del papa Francisco de beneficiarnos de los tesoros de los méritos de Cristo y de los santos que guarda la Iglesia.

Nuestro obispo, D. Atilano, ha concedido al Monasterio de Buenafuente la gracia de ser templo jubilar. Por este motivo abriremos también una Puerta de la Misericordia: será la puerta más antigua de la iglesia románica, que nunca hemos  visto abierta. Con este motivo preparamos un programa especial de acompañamiento y de acogida. ¡Feliz Adviento!