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07

jun

2015

X Domingo del tiempo ordinario

Gén 3, 9-15; Sal 109; 2Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35

Nota: Para quienes celebran hoy la Solemnidad del Corpus Christi, el comentario se encuentra el día 3 de junio.

CUESTIONES ESENCIALES

En general, cuando se nos propone una enseñanza excesivamente contundente, puede que surja de nosotros una reacción de resistencia, como si se despertara el instinto natural de defensa, frente a lo que se percibe un tanto colonizador.

Sin embargo, cuando en vez de una afirmación dogmática, se nos hace una pregunta un tanto incisiva, aunque es posible la reacción evasiva, se queda uno a la intemperie. Y, si no tiene respuesta, se hace consciente, por sí mismo, de aquello que le define o identifica.

El Creador, ante la desobediencia de Adán, no comienza echándole en cara la desobediencia cometida, sino que le pregunta: “¿Dónde estás?” Y deja al hombre responder por sí mismo y darse cuenta de su estado menesteroso. “Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: -«¿Dónde estás?» Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.» (Gén 3, 9-10). De manera parecida, Dios, se dirige a la mujer: -«¿Qué es lo que has hecho?» (Gn 3,13)

En el texto que hoy se nos propone, encontramos preguntas esenciales, que deberemos hacernos para tomar conciencia de lo que somos y de cómo estamos. Ante ellas es muy posible que nos descubramos heridos  debido a nuestra debilidad.

El salmista, en el contexto del pasaje que contemplamos, pone en nuestros labios el reconocimiento humilde del propio pecado, y la confesión de desvalimiento: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?” (Sal 109).

Si las preguntas de Dios a Adán y a Eva llevan al límite del conocimiento del estado de necesidad y del reconocimiento humilde de la fragilidad humana, las preguntas de Jesús, en el Evangelio, nos sobrepasan al revelarnos una identidad insospechada. “-«Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.». Les contestó: -«¿Quiénes son  mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 33)

¡Qué extremos tan paradójicos! Por un lado somos llevados a tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad y estado humillante; por otro lado se nos revela la dignidad de ser tratados como miembros de la familia de Dios. El secreto de esta aparente contradicción se nos adelanta en lo que se llama el “protoevangelio”, cuando el Creador pronuncia su sentencia contra el Tentador en forma de serpiente: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.»

Jesucristo, el nuevo Adán, nos devuelve la dignidad primera, gracias a su generosa opción de redimirnos, al extremo de constituirnos hermanos suyos, si en vez de desobedecer el querer de Dios, cumplimos su voluntad. “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»