La Virgen de la acogida

El 31 de mayo, la Iglesia celebra la fiesta de la Visitación de María a su Prima Isabel, como cierre del mes consagrado a la devoción mariana.

Ya hemos traído a nuestra contemplación, al inicio de mes, la imagen en bronce, moderna, que representa a las dos mujeres colmadas de esperanza. Estas bellas figuras del maestro Salzillo, pertenecientes al belén que se puede contemplar en su museo de la ciudad Murcia, nos evocan la alegría y el cántico, que a la manera de un coro monástico, entonan las dos mujeres, en alabanzas al Señor, reconociendo la misericordia divina con ellas.

La estampa de la Visitación, representada en sus diferentes estilos, es, sin duda, una de las escenas más reveladoras de la vida de María. En ella se nos revela especialmente la actitud comprometida de solidaridad, servicio, disponibilidad. Si María, elegida por Dios para ser madre suya, se arriesga echándose a los caminos para atender a su pariente Isabel, ¿qué razón podremos tener nosotros para resguardarnos y permanecer en nuestra seguridad defensiva?

Necesitamos puertas abiertas, iniciativas acogedoras, lugares francos donde sea posible el reconocimiento trascendente de la obra de Dios en cada ser humano. ¡Qué diferente es vivir sin conciencia de los dones recibidos, de saberse enriquecido por gracia con cuanto se tiene!

Tanto la inconsciencia, como la apropiación indebida de las capacidades que Dios nos ha regalado a cada uno, dan como fruto la vanidad, la prepotencia, el orgullo, el afán dominador. Mientras que el reconocimiento de que el propio  don es recibido, lleva a explicitar la acción de gracias, la generosidad, la acogida, el compartir…, pues no somos dueños, sino administradores de los dones que se nos han dado, para bien de los demás.

Al contemplar las bellas figuras de María e Isabel, que se saludan a la puerta de casa, que permanece abierta, y después de haber contemplado tantas imágenes de Nuestra Señora, ¡ojalá que el gesto amigo, fraterno, solidario, alegre, generoso, sincero, evangélico, nos impulse a ser como la Madre de Jesús, que no reparó en su seguridad, por atender la necesidad de la futura madre anciana!

Una de las bienaventuranzas, que pronunciará el Señor en el momento de encontrarnos con Él, nos la adelanta san Mateo en el Evangelio: “Ven, bendito de mi Padre, porque fui forastero y me acogiste”. ¡De qué manera tan diferente se mira a las personas cuando se llega a ver en ellas la sacramentalidad de Cristo!