jue

28

may

2015

Bajo tu amparo

Es frecuente encontrar el motivo pictórico que representa a la Virgen María cobijando bajo su manto a los miembros de una Orden religiosa; en el caso que vemos,  a los monjes cartujos.

Sin duda que la pintura representa muy bien el deseo expresado en la oración de la Iglesia desde los primeros siglos, que responde a la advocación más importante de todas, según reza la plegaria: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”.

El maestro Francisco de Zurbarán deja plasmado el color cartujano en la figura de los monjes, firma del pintor, y a la Virgen la representa con los tonos clásicos del rojo y el azul, reveladores de su identidad, mujer divinizada. La exaltada a los cielos y coronada como reina, llena del Espíritu Santo, convertida en Madre de todos los hombres, la Madre de Dios, extiende su manto protector como defensa maternal. Este mismo motivo se puede ver relacionado con otras órdenes, como la de los carmelitas y de los jerónimos.

El manto de la Virgen  se considera un medio de bendición. En Zaragoza existe la devoción de pasar a los niños pequeños por el manto de la Virgen del Pilar, privilegio que tienen hasta hacer la primera comunión. Resulta emocionante ver a las madres con sus niños en brazos, que recogen  unos infantitos, monaguillos, y son quienes los pasan bajo el manto, para indicar así el espacio sagrado, al que solo acceden los limpios de corazón.

Tocar el manto es una figura bíblica que aparece en diversos textos. El profeta Eliseo recibe el manto de Elías y con él, la fuerza milagrosa del maestro. En el Evangelio, una mujer enferma llega a tocar el manto de Jesús, y se siente curada. Tocar el manto, recibirlo, heredarlo es participar en la virtud de la persona al que pertenece.

Jesús nos dejó su manto al pie de la Cruz.  El manto significa la naturaleza de la persona, su dignidad. En su túnica, Jesús nos regala los méritos de su ofrenda, a través del propio cuerpo inmolado, de la carne recibida de María. Al recoger el manto del Crucificado de los pies de la Cruz, junto a su Madre, nos convertimos en hijos de María, la Madre de todos los hombres. El gesto protector de la Virgen obedece a la misión que le dio su Hijo. Todos, por voluntad de Jesucristo, estamos cobijados bajo el manto de su Madre, hechos hijos suyos.

San Pedro Crisólogo comenta: “No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad”. Cuida el manto que llevas, tu propio cuerpo, santuario de Dios, en el que habita la presencia invisible del Espíritu Santo.