lun

25

may

2015

El Descendimiento

He tenido el privilegio de poder visitar la exposición que el Museo de Prado ha presentado sobre Van der Wayden. Es muy difícil narrar la emoción que cabe sentir ante una pintura que toma volumen y parece que te introduce en la misma escena.

Me detuve de manera especial ante el Descendimiento. En esta obra se aprecia cómo los cuerpos de Jesús y de María expresan el mismo movimiento en diagonal, y se puede leer como un doble pentagrama en el que se contiene la misma partitura. El dolor de Cristo, su Pasión, la ha vivido también la Madre. En verdad ella ha sufrido con todo realismo lo que vaticinó la profecía de Simeón.

Al contemplar la postura de las manos, se puede observar como una gran parábola que abarca el espacio central; la mano izquierda de Jesús cobija, en la parte superior, el campo que une con la mano derecha de María, en la misma postura. Como si el autor quisiera expresar el gran abrazo redentor.

Sentí mi gran emoción al tiempo de quedar fascinado por el manto azul de la Virgen, que a pesar de ser tan amplio, no lo toca el pie calzado de Nicodemo, sino que violenta la postura del tobillo para colocar el pie en el único espacio que quedaba para no tocar a la Virgen Madre, a la Zarza ardiente.

Y me vino la resonancia de la zarza de Moisés, al observar cómo el pie desnudo del discípulo amado, pisaba el manto azul de la Madre, sin ningún movimiento violento por evitarlo. Fue este el detalle que me atrajo, y en él se precipitó en mi imaginación el testamento de Jesús, cuando le dijo a María, “Mujer ahí tienes a tu hijo”, y mirado al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”.

El discípulo entra, con su pie descalzo, en el espacio sagrado, a la tierra santa, y va a ejercer el oficio del varón que protege a la mujer viuda, a la que ha quedado sin su Hijo amado, y se la llevará a su casa, expresión semejante a la que el Evangelio emplea al comienzo, cuando José, el esposo de María, se llevó a su casa a su mujer.

María es figura de la Iglesia, y en ella nos sentimos entrañados en el Amor de Dios, y el discípulo nos permite, a la vez que cuidar de María, sentir su maternidad corredentora.

¡Cómo se agradece la visión luminosa de los artistas, que nos permiten ver lo que quizá de otra forma nunca podríamos imaginar!

Es momento de asumir la vocación del discípulo amado, de tener gestos de afecto y de delicadeza con quien Jesucristo nos ha dejado como Madre. Sorprende lo que acontece cuando nos acercamos a consolar a María, que somos nosotros los que salimos consolados y fortalecidos para sobrellevar nuestra prueba y soportar la circunstancia dolorosa.