Don de Fortaleza

“Con el don de Fortaleza el Espíritu Santo nos libera el terreno de nuestro corazón” (Francisco).

La fortaleza que concede el Espíritu es interior; no se trata de tener carácter áspero, dominante, fuerte, aguerrido, luchador y violento, sino de tener una serena convicción de que se está defendido por el Señor, y esta convicción proviene como gracia del Espíritu.

El fuerte en el Espíritu no se arredra ante las dificultades, ni se echa atrás ante los problemas; sabe esperar, tiene paciencia, su seguridad está puesta en el Señor, a quien tiene como roca, fortaleza, escudo, baluarte, refugio; y por eso no teme.

Una de las zonas más vulnerables de la persona es el corazón, y quienes tienen miedo de quedar indefensos, a veces se convierten en personas ariscas, mientras que aquellos que poseen el don de Fortaleza, a la vez que son recios, son suaves y no huyen de la relación, sino que saben permanecer serenos, al tiempo que sensibles.

La fortaleza es un don especialmente necesario en tiempos duros, porque ante la intemperie que se puede sufrir especialmente en las relaciones humanas, cabe el argumento de la debilidad, del miedo, y atrincherarse en los refugios insolidarios.

El que es fuerte en el Señor, no alardea, ni se expone de manera imprudente, pero tampoco se amilana ni se echa atrás, sabe de Quién se ha fiado y su fuerza y su poder le vienen del Señor. Lo vemos en personas muy frágiles físicamente y, en cambio, fieles, constantes, animosas, comprometidas en las tareas del Evangelio.

Necesitamos el don de Fortaleza del Espíritu Santo para no ser pretenciosos ni pusilánimes; para no ser imprudentes ni timoratos; para no ser temerarios ni prevenidos. El que confía en el Señor, en su Espíritu, sabe arriesgar la vida, sin ser por ello inconsciente ni prepotente.

Solo por el don que Jesús resucitado entregó a los discípulos, se comprende la transformación que experimentaron: de estar encerrados, escépticos y desanimados, se convirtieron en testigos firmes, capaces de afrontar incluso la cárcel y hasta el martirio.

Es conocida la expresión poética teresiana: “No haya ningún cobarde, aventuremos la vida, pues no hay quien mejor la guarde que el que la da por perdida. Pues Jesús es nuestra guía, y el premio de aquesta guerra ya no durmáis, no durmáis, porque no hay paz en la tierra” (Poesías 29).

Espíritu Santo, derrama en nosotros tu don de Fortaleza, defiéndenos de nosotros mismos, de nuestros fantasmas y mitificaciones negativas, de nuestra mala memoria que utilizamos tantas veces como argumento preventivo por no atrevernos a comenzar de nuevo.