Don de Entendimiento

El don de Entendimiento “nos hace capaces de escrutar el pensamiento de Dios y su plan de salvación” (Francisco).

¡Qué fácil es equivocarse y hacer de la propia voluntad la razón de actuar, cuando tantas veces nos regimos por lo más inmediato, afectivo y sensible o por lo económico!

¿Cómo lograr, Señor, conformar la vida con tu querer y con tu plan de salvación? ¿Cómo ser colaborador de tus designios de amor, de tu voluntad salvadora para con todos los hombres?

¡Es tan fácil llevar el agua al molino propio, justificándonos en ideologías, códigos, leyes e intereses! En cambio, quienes poseen el don de Entendimiento aciertan a no tener otro querer que el querer divino, y a poner siempre la voluntad de Dios por encima del propio deseo.

Me descubro un tanto primario, llevando a cabo lo que me gusta, por lo que siento atractivo, cuando quizá debería pararme a pensar si es eso lo que quiere el Señor de mí. ¡Cómo ilumina la forma de actuar de quienes no se dejan llevar por los afectos, ni por la coincidencia ideológica, sino que intentan ser consecuentes con lo que juzgan más recto y justo!

Hay un modo de actuar que procede del Espíritu, que es abrazar los acontecimientos como portadores de semillas divinas. Solo quien tiene el don de Entendimiento lo descubre y aprecia, hasta el extremo de que elevan la historia, todo lo que sucede, a una dimensión superior y trascendente, y no queda atrapado por la fatalidad, o el accidente, sino que todo le sabe a Dios. Y no porque todo sea bueno, sino porque todo lo interpreta como posibilidad teologal, circunstancia propicia para hacer el bien.

El don de Entendimiento se aparta del dogmatismo ideológico, de la cerrazón partidista, de la ceguera afectiva, de la sinrazón emotiva, de la memoria herida, de la obsesión moralista, y se abre en todo, al menos a un quizás, a una pregunta, que le lleva a comprender lo que Dios quiere.

El don de Entendimiento da fuerza para abandonar, si es preciso, el propio criterio por seguir lo que se discierne que es de Dios; hace posible superar el propio querer, para pedir, sin miedo, que se haga lo que Dios quiere. Conduce al abandono de la propia voluntad en la voluntad divina, sabiendo que con ello no se evade de la responsabilidad, sino que se colabora del mejor modo con la vocación a la que se es llamado.

A veces cabe confundir lo material con lo espiritual y al revés, con capa de inteligencia. Dice Jesús: “¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre” (Mt 15, 16-18). Y santa Teresa, sin enfrentarse a los letrados, afirma: “Porque les parece que como esta obra toda es espíritu, que cualquier cosa corpórea la puede estorbar o impedir; y que considerarse en cuadrada manera, y que está Dios de todas partes y verse engolfado en El, es lo que han de procurar.  Esto bien me parece a mí, algunas veces; mas apartarse del todo de Cristo y que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras miserias ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir” (Vida  22, 1).