mar

19

may

2015

Don de Consejo

Por el don de Consejo, el Espíritu “ilumina nuestro corazón y nos hace comprender el modo justo de hablar y de comportarse, el camino a seguir” (Francisco).

¡Cómo necesitamos el equilibrio en el hablar y en el callar! De ello depende que se haga bien o que se hiera y hasta se mate. Las palabras pueden edificar o destruir. Quien ha recibido el don de Consejo edifica, construye, toma decisiones correctas, guarda la equidistancia justa ante los problemas, sin inclinarse de manera partidista.

El don de Consejo libera de los posibles chantajes, de las insinuaciones tendenciosas, de los prejuicios, de las ideas preconcebidas, de las afecciones interesadas, y concede la libertad para actuar según Dios.

Dicen que los santos hablaban con Dios o de Dios, y que la razón de hablar o de callar no debiera ser otra que el amor. Quien habla por desahogo y quien calla por enfado no actúa con el consejo del Espíritu, que es amor.

Cuando se debe tomar una decisión importante, normalmente se acude a personas amigas para objetivar la determinación. Sin evitar el consejo de los maestros, la fe nos lleva al mejor  recurso: acudir al Espíritu Santo, Consejero y Amigo del alma.

Es muy fácil equivocarse en lo que se refiere a decisiones significativas que implican despojo. La naturaleza tiende a la conservación, y dicta desde una sabiduría biológica la elección determinante, aquello que va mejor con el deseo afectivo natural. El Espíritu, por el don de Consejo, puede sin embargo dictar opciones aparentemente contrarias al deseo, como es iniciar o continuar unos pasos evangélicos.

El Evangelio tipifica como contrarios lo que dictan la carne y la sangre, y lo que dice el Espíritu. Y de ello depende que el fiel avance por el sendero según Dios, o que se estanque en la mediocridad.

Es bueno acudir a los maestros espirituales, y seguir los consejos de quienes son mediación providente en el camino. La Iglesia, en los momentos trascendentes, pide la ayuda del Espíritu Santo para que sean sus inspiraciones las que muevan la mente y el corazón de quienes tienen responsabilidad.

El Espíritu instruye a los que se le encomiendan, y aun de noche aconseja a sus fieles. Así sabemos que le sucedió a José, el esposo de María, cuando de noche, en sueños, se le aconsejaba qué pasos debía dar.

En momentos cruciales, la Santa acude a los consejeros, aunque a quien tiene por verdadero Consejero es al Señor. “También me mandan, si se ofreciere ocasión, trate algunas cosas de oración y del engaño que podría haber para no ir más adelante las que la tienen. En todo me sujeto a lo que tiene la madre santa Iglesia Romana, y con determinación que antes que venga a vuestras manos, hermanas e hijas mías, lo verán letrados y personas espirituales” (Fundaciones, Prólogo 6).