dom

17

may

2015

VII Domingo de Pascua

Act 1, 1-11; Sal 46; Ef 4, 1-13; Mc 16, 15-20

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS

NUESTRO DESTINO

Se ha cumplido la cuarentena pascual. Hoy  se nos ofrece celebrar la Pascua definitiva en Cristo, pues Él, una vez que resucitó de entre los muertos y confirmó a los suyos en la certeza de que estaba vivo, “después de hablarles, subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 19).

El que bajó del cielo ha vuelto al seno del Padre, pero no sin nosotros. El Hijo de Dios, el que se encarnó, padeció, murió y resucitó, ha ascendido a la gloria con nuestra humanidad glorificada. En Cristo los humanos hemos alcanzado nuestro propio destino. Los personajes celestes - “dos hombres vestidos de blanco”- que se les presentaron a los apóstoles, les aseguraron no solo que su Maestro había subido al cielo, sino que volvería: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»  (Act 1, 11)

Hoy se nos revela nuestro destino. No estamos hechos para contemplar la propia destrucción y quedar sometidos al imperio de la muerte. El que ha vencido a la muerte nos ha adelantado en su propia carne el proyecto de nuestra plenitud humana: “… hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud” (Ef 4, 13).

Nuestro triunfo deberá pasar por la paradoja de la mortalidad, pero no es injusto ni vano el deseo de inmortalidad que albergamos cada uno en el corazón y como imaginario colectivo.

La fe que nos anima no es un don para consolarnos al pensar que algunos de los nuestros alcanzan el triunfo, y a la manera de unas olimpiadas o concurso deportivo nos sintamos ganadores en los que obtienen  las medallas, bien porque seamos de su origen o nación,  bien porque estemos afiliados a su equipo. Cada uno tenemos la vocación de eternidad y la promesa de alcanzarla.

Desde la perspectiva que trasciende lo visible, gracias el regalo de la fe, acontece un incentivo esperanzador, que nos libera de perecer sin horizontes, sumergidos en la constatación permanente de la fragilidad, y en el tránsito de lo caduco. Si así fuera deberíamos consolarnos con la evasión, y difícilmente tendríamos argumento para superar la tentación de la desesperanza.

La Ascensión de Jesucristo a los cielos nos muestra cuál es nuestro destino. Y la consecuencia es que vivamos la profecía de la meta que Él alcanza hoy.