La Madre de Jesús

El mes de mayo nos invita a acudir ante la imagen de la Virgen, que se representa de diversas formas, según el aspecto que el artista haya querido destacar.

Por encima de todas las advocaciones, la razón por la que veneramos a María, es por ser la Madre de Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre, nacido en Belén, revelación del Amor de Dios.

En muchas representaciones marianas, se muestra la relación cariñosa, maternal que establecen la Madre y el Hijo, en algunos casos con especial delicadeza.

La imagen que contemplamos, María, de pie, y como en actitud de caminar, lleva en brazos a su Hijo, al tiempo que nos lo ofrece, como si nos estuviera invitando a tomarlo también en brazos.

Cuando en una familia nace un nuevo miembro, y se va a visitar a la madre del niño, es un gesto de profunda amistad que la madre invite a tomarlo  en brazos, y a besarlo.

María no es una madre ensimismada, sino que se sabe portadora de quien es el Salvador del mundo. Así nos lo presenta la imagen. Si observamos la manecita del pequeño Jesús, vemos que está en actitud de bendecir, con el lenguaje icónico de revelarnos que es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, y que tiene dos naturaleza, la divina y la humana.

La Virgen nos lo muestra desnudo, que no significa pobreza, o que está falto de amor, sino para decirnos que es hombre verdadero, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. El cuerpo del Niño Jesús nos deja sentirnos en él.

María lleva vestido rojo y manto azul, con sobredorado, colores que significan, en el leguaje icónico, su identidad de ser humana, pero a la vez que ha concebido y ha dado a luz al Hijo de Dios.

Aceptemos el ofrecimiento de María, osemos    tomarle al Niño Jesús, al menos a sentir su bendición, con la seguridad de que nuestra humanidad, al contemplar la de Cristo, recupera la dignidad más alta, por parecernos al Primogénito de Dios, que es el Primogénito de María.