sáb

09

may

2015

La Virgen de la ternura

Entre todos los iconos que se veneran en las iglesias orientales, destaca el de la        Virgen de Vladimir, de principios del siglo XII, el más antiguo de origen bizantino, y uno de los más célebres y venerados de Rusia. Desde 1930 se conserva en la galería Tretiakov de Moscú.

Te invito a que fijes tus ojos en los de la Virgen, y establezcas el diálogo al que ella te invita con la indicación que te hace con la mano izquierda.

En los iconos de la Zeotocos (Madre de Dios) que conocemos, se observan diferencias muy notables. En unos, la Virgen muestra al Niño Jesús separado de su rostro, y en otros, como el que ahora contemplamos, el pequeño Jesús nos lleva a dar un beso a la Madre. En este caso, la representación toma el sobrenombre de Virgen de la Ternura.

Para interpretar el lenguaje de la imagen, también es muy importante fijarse en la mano, que nos conduce a Jesús. A la Virgen que se muestra con este gesto, se la denomina Hodigitria, la que señala el Camino.

Observa las estrellas dibujadas sobre el manto: una en la cabeza, otra en el hombro izquierdo, y la del lado derecho, ocupada por  el Niño Jesús. Esto es símbolo  de la plenitud de gracia. María, la llena de gracia, la amada de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Si obedeces a las indicaciones que te muestra el icono, y has permanecido orante ante la imagen, muy pronto vas a entrar en el círculo amoroso que inspira. La Virgen, a la vez que te recibe con su mirada, llena de amor y de ternura, te está indicando a quién debes dirigirte, que es a su Hijo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, pero sorprendentemente, el Niño te lleva a dar un beso a la Madre, completándose así un círculo de amor.

El amor de Dios es abierto, trinitario, no encierra, ni secuestra, es misionero, siempre envía y sugiere formas de entrega, hasta el extremo de dar la vida por amor.

La luz que despide el icono es revelación de la gloria divina, todo el campo queda transfigurado por el resplandor de quien es la Luz del mundo, el Sol que nace de lo alto.

A lo largo de la historia, muchas personas que han contemplado este icono, y lo han venerado con fe y amor, han recibido el don de la oración continua, el saberse siempre mirados con ternura a través de los ojos maternos de María, que nos lleva a Jesús.