La Visitación

La iconografía mariana ha desarrollado en múltiples soportes los distintos momentos de la vida de la Virgen María, unos avalados por las Escrituras, otros por la intuición de quienes han plasmado en sus obras de arte los momentos domésticos de una niña, después de una joven, luego de una mujer nazarena.

En la peregrinación a Tierra Santa, la visita a Ein Karen, el lugar del nacimiento de San Juan Bautista, se conmemora, según el evangelista san Lucas, la visita de María a su prima Isabel, y el encuentro de dos mujeres que albergan en su vientre el fruto bendito y bendecido de sus hijos.

¡Qué resonancia tan entrañable se percibe en la escultura, en bronce, del encuentro de María con su prima Isabel, y qué alborozo de produce en el seno de ambas, cuando el niño que va a nacer de la anciana percibe la cercanía de quien va a ser el Cordero de Dios!

Una comunicación íntima, interior, sagrada, se establece entre Isabel y María, que se comunican el hecho sorprendente de su embarazo por obra de la misericordia divina. Es un momento de alabanza, de reconocimiento de la obra de Dios en ellas, en el caso de Isabel por haber concebido, siendo ya anciana, al que va ser el precursor del Mesías, a Juan el Bautista. En el caso de María, por llevar en sus entrañas al Hijo de Dos, concebido por obra del Espíritu Santo.

Entre las dos mujeres se adivina una exultación maternal, la que plenifica a la mujer, y le da el gozo de saberse fecunda, bendecida, y en este caso, a las dos, la felicidad de verse colaboradoras del plan de Dios.

En el encuentro de la mujer estéril y de la mujer virgen; de la anciana y de la joven, de la que es símbolo del Antiguo Testamento, y la que nos trae la Nueva Alianza, se concentra la expectación del cielo y de la tierra.

El pasaje de la Visitación de María a su prima Isabel, en las circunstancias biológicas de ambas, nos muestra cómo la gracia de Dios es siempre un don abierto, comunicativo, provocador de una cadena de hechos maravillosos, que acontecen cuando se obedece la inspiración del Espíritu Santo.

¡Unámonos al cántico de alabanza de María y entonemos el Magnificat por lo que Dios ha hecho en ella, y por lo que sigue haciendo en cada uno de nosotros!

Con las palabras de Isabel rezamos a la Virgen: “Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.