La Anunciación

Cada año, cuando realizamos la peregrinación a la tierra de Jesús, Nazaret es una etapa reina. Allí nos espera uno de los lugares más autentificados de los evangelios, la casa de María, donde se conmemora el  momento histórico de la Encarnación de Dios en el seno de la Virgen Nazarena.

En los jardines del recinto sagrado, se ha colocado una obra moderna, en bronce, que representa el saludo del Ángel, que anuncia a la joven María que Dios la ha elegido para que conciba al que sería el Redentor del mundo.

En el rostro de María observamos una conmoción, un sobrecogimiento ante la noticia que sobrepasa toda imaginación. Las manos de la Virgen hacen un gesto de acogida, a la vez que de respeto, con una expresión en su rostro de estupor, que se llega a escuchar en la expresión que sale de su boca.

Se percibe una conversación intensa entre las dos figuras, un diálogo de Dios con la Humanidad. El cielo y la tierra se encuentran en un espacio silencioso, anónimo, discreto. Nadie sabe lo que está sucediendo, y es el acontecimiento que cambia enteramente la historia.

Sin que podamos comparar el hecho único de la Encarnación del Verbo divino en las entrañas de la Virgen María con ningún otro acontecimiento, podemos imaginar que en algún lugar del mundo, Dios se sigue mostrando a los humildes, y  a la vez que ellos se hacen conscientes del querer divino, dan su respuesta obediente y amorosa, para  llevar a cabo la voluntad divina colmada de amor.

¡Cuántas veces en la vida de un santo sus contemporáneos no han sabido nada de  su heroicidad, y después se ha reconocido su ofrenda total y por amor!

Cada uno tenemos, en el pasaje de la Anunciación, un reto sagrado, porque el Espíritu Santo, con sus mociones consoladoras, sigue transmitiendo de manera discreta al corazón del hombre el susurro suave de lo que es mejor, y si se lleva a cabo, sigue aconteciendo la transformación del mundo.

En la actitud de María, en su turbación y en su obediencia, tenemos las pautas para colaborar con el plan de Dios sobre nuestro mundo en esta hora. Hay dos ejes que nos ayudan a avanzar según Dios, la humildad y la obediencia, y quien responde así se convierte en mediación histórica del plan  de Dios, que revela su amor a la humanidad.