dom

12

abr

2015

El dedo en la llaga

Confieso, Señor, como Tomás, que no te veo, y que como él, quisiera palparte con mis manos. A la vez, me sonrojo por perder la ocasión de creer en tu Palabra a pesar de mi obstinada resistencia, aun sin verte.

Me sorprende una vez más pensar que Tú escuchaste la queja del amigo, y a la semana, sin mediar palabra, lo invitaste a constatar, según su deseo, que tus palmas estaban traspasadas y tu costado abierto, y no para vergüenza del discípulo, sino para que yo tuviera la certeza de tu luz en mis heridas.

Es difícil comprender que las señales del mayor dolor puedan convertirse en los testigos luminosos que confirman tu paso por mi vida. Y sin embargo, comienzo a sospechar que donde más cerca te tengo siempre es en  mis llagas, aunque tantas veces no te vea.

La experiencia de luz ya no consiste en que vengas de nuevo a mostrar tus manos y costado y yo pueda introducir mis dedos en los agujeros de la lanza y de los clavos, sino que por ellos, averigüe que allá donde yo tenga mayor semejanza con tu dolor, Tú me esperas, y hasta intuyo, no sin temblor, que los títulos más nobles de mi vida son los que más me asemejen a ti en la Cruz.

Mi herida es llamada a ser testigo. Mi llaga es invitada a transformarse de estigma, en puerta por la que entrar al conocimiento más profundo del amor, no solo para soportar o sobrellevar lo que más me duele, sino para convertirme en testigo compañero de quienes caminan sin luz en su noche ciega.

No se puede jugar con el dolor humano, ni sublimarlo con palabras vanas. Solo por tu gesto compasivo con Tomás descubro la extraña paradoja que encierra compadecer contigo, aun sin saberlo, pues allá donde más de cerca toque el dolor, allí me esperas, sea en mi carne o en la de quien se cruza en mi camino.

Ahora sé que, si me atrevo a mirar mis llagas a través de ti, se iluminan, y si por ti acudo solidario a poner mis manos en las heridas de los que sufren, me dejas gozar el sabor de la Pascua.

¡Cómo consuela que te den la mano en el momento aciago! ¡Y cómo se goza el privilegio de sentir el corazón colmado de alegría cuando se tiene ocasión de apoyar, discreto,  el dolor del otro!

Ya no te pido, Señor, que me enseñes los testigos de tu Cruz; por el contrario, déjame reconocer en los míos la huella de los tuyos, y déjame poner mis manos compasivas en quienes se cruzan en mi vida, doloridos. Sé Tú, Señor, quien aproveche el encuentro mediador para que los que sufren sientan que su prueba se transforma al menos, en siembra de alegría.