Por eso se me alegra el corazón

Hermanos: “Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. ¡Aleluya!” En este pueblo, rescatado a tan alto precio, estamos todos nosotros, la humanidad entera.

 

Hermanos, ¡Cuántas gracias y dones recibidos y compartidos en esta Pascua! Y en toda nuestra vida. ¡Es impresionante la misericordia del Señor con nosotros! Podemos cantar con el salmo de la Eucaristía de ayer: “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Sal 15, 9-10). En esta Pascua de 2015, en este paso del Señor por nuestra vida, hemos escuchado con fuerza que el Señor no nos entregará a la muerte de vivir haciendo nuestra voluntad y esto nos ha llenado de entusiasmo. ¡Dejar que Él conduzca nuestra vida! Esto puede parecer una contradicción, o que, llenas de fervor, decimos bonitas palabras, pero es sencillamente la verdad. Hacer nuestra voluntad, aun en las cosas pequeñas o triviales, nos ha llevado muchas veces a la muerte, al combate y a defendernos, incluso de nuestros hermanos, tal como decía el santo de Asís. Ahora, con el corazón exultante por todo lo vivido estos días, cantamos con más fuerza esta antífona del 5º Domingo de Cuaresma: “Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Flp 3,8). 

También esta tarde queremos reconocer que esperábamos la Semana Santa con temor. El trabajo supera con mucho nuestras fuerzas, la Comunidad está muy reducida, aunque ciertamente como la quiere el Señor. Y Él, como siempre, ha provisto la ayuda material necesaria y también su Palabra, porque Él ya ha recorrido nuestra senda. Como ejemplo de “florecilla”, el verso de sta. Teresa que se cantó en el Vía Crucis: “No hay que temer, no hay que temer, pues que no hay paz en la tierra, aventuremos la vida”.

La verdad es que esta carta y las cartas de todos los meses, podrían reducirse a la oración continua de Madre Teresita: “Gracias, perdón”. Gracias por todo lo recibido y perdón por no entregarnos “en cuerpo y alma” a la Misión concreta a la que a cada uno nos llama el Señor. Oremos unidos, para no escatimar ni un ápice de nuestras fuerzas en la tarea de anunciar a todos nuestros hermanos que ¡Cristo vive y nos salva!

Hoy nos despedimos dándoos las gracias a todos por vuestro testimonio. Gracias por venir al desierto a celebrar con nosotras los Misterios de nuestra fe. Y gracias especialmente a los niños y a todos los que hicisteis posible el canto del Domingo de Pascua. Además de ser hermosísimo, va a ser una gran ayuda para estar disponibles para la evangelización:               

“Escuchad: se acerca ya la hora de la Paz, de la hermandad,

de cambiar envidias por el amor,

de servir con agrado a los demás y lograr un mundo nuevo.

La Paz será nuestro blasón.”

 

Un abrazo Pascual de vuestras hermanas