sáb

04

abr

2015

La soledad

¿Quién no conoce los sentimientos del corazón humano en los momentos en los que sufre la intemperie de la soledad no deseada?

Creo que no me invento el escozor interno, cuando, por distintos motivos, no tienes junto a ti a la persona a la que amas. Sorprendentemente, aunque estés rodeado de geste, nadie te acompaña, todos se quedan alejados del sentimiento de tu corazón, que sufre el desgarro íntimo, a veces inconfesable, y muy doloroso.

Una de las experiencias más sangrantes sucede cuando quien tienes por amigo, de pronto o quizá poco a poco, percibes su distancia. En esos momentos se precipitan un cúmulo de sensaciones, algunas de ellas te llevan a sentir injusticia, infidelidad, traición, o por lo menos insensibilidad. Llegas a creer que es injusto el comportamiento de quienes has tenido por amigos, a los que tanto quieres y necesitas. En estos momentos se vive a sorbos la gran soledad, que no se llega a comprender, por parecer inexplicable.

Sin duda, que cuando la vida te lleva a experiencias límite, en las que se percibe la contingencia, la debilidad y fragilidad, aunque se tenga a personas amigas al lado, sin embargo, se siente que no llegan a acompañar, y se vive el riesgo del abismo bajo los pies, y la tentación terrible de la desesperación. Se llega a sufrir la soledad existencial más dolorosa, la de uno mismo.

Aunque es algo que marca la naturaleza, cuando faltan seres muy queridos, y se van perdiendo referencias entrañables, se sufre su ausencia. Además, a poca perspectiva que uno tenga, se anticipa el viaje personal definitivo, y cabe que se sufra el dolor del propio despojo, al que se debe uno disponer, no sin dolor.

En definitiva, hay soledad amarga, desestabilizadora, hasta injusta, y sin embargo, no podemos estar hechos para tanto sufrimiento.

Cuando se encienden las alarmas, hay que acudir a la zona de riesgo. Y ante los sensores del corazón, que se despiertan cuando se sufre la soledad, cabe preguntarse ¿por qué tanto dolor, hasta el límite incluso de la desesperanza?

Es posible que sea necesario un aprendizaje, y que la propia naturaleza, a medida que se avanza en edad, nos sirva las lecciones existenciales, por las que maduramos como personas.

Mas si un  niño llora cuando se siente solo; un adolescente se vuelve rebelde, al verse incomprendido; los jóvenes prueban el escozor del amor imposible; en la familia penetra el zarpazo de la violencia, de la ruptura y hasta de la infidelidad; los consagrados sientan la demanda su naturaleza; y los ancianos quedan en silencio, en la memoria de los que ya se han ido; me resisto a creer que sea solo como proceso de maduración biológica o afectiva. Algo más tiene que indicar la alarma del arañazo que se sufre por la soledad.

Sin querer simplificar la fenomenología sagrada del corazón, acudo a las Sagradas Escrituras, en las que encuentro también el relato de escenas dolorosas por causa del sufrimiento que produce el abandono, el desprecio, la marginalidad, la traición, la soledad. Adán fue creado solo, y no creo que fuera por falta del Creador; Jacob, a solas y de noche llegó a entablar un combate con Dios, y descubrió cuerpo a cuerpo la fuerza divina; Moisés fue invitado a subir el solo al monte, y al bajar su rostro resplandecía de luz; Elías, atravesada la tentación de desesperar, cuando estaba solo en el Horeb, escuchó la brisa del paso de Dios; Jesús se retiraba con frecuencia a lugares solitarios, para hablar con su Padre.

Hay, además muchos testimonios de santos y de sabios sobre el beneficio de la soledad. San Agustín llega a afirmar que el corazón no se aquieta hasta que descanse en Dios. Santa Teresa de Jesús nos invita a tratar a solas con Dios solo, en soledad del todo; San Ignacio de Loyola recomienda salir de la propia casa y del entorno conocido, para a solas iniciar el proceso de conversión.

Aunque nadie nos lo diga, todos sabemos el límite que tiene la relación humana, que aun siendo necesario y regalo sagrado, se experimenta, como hemos señalado, como fuente de soledad.

Es momento de abrirse a otra relación, que acontece en el propio interior, y que es posible mantenerla permanentemente. Una relación entrañable, fiel, amorosa, que llega a responder al deseo más profundo de saberse querido y acompañado, y que sana la herida del corazón.

Es momento de abrirnos a la relación con Dios, con quien nos ha prometido: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Este día, al contemplar la soledad de María, la madre de Jesús, se nos ofrece la ternura de quien desde la Cruz y como testamento del Señor, ha quedado para ser siempre compañía. Una madre nunca olvida a sus hijos.

¡No estamos solos!