Oración ante la imagen del Señor

¿Qué te dice, Señor, la gente, cuando se acerca a ti, o se detiene ante tu imagen para besarte la mano o los pies? ¿Por qué sentimos tanto atractivo por llegar ante tu rostro, buscando tu mirada? Sé que estamos hechos para el Otro, que eres Tú,  para tratar de amistad en una relación inagotable que no deja el sabor de lo temporal.

Señor, yo no sé lo que los otros te confían cuando enmudecen ante tu presencia, cuando te besan o musitan una plegaria, te miran con ojos brillantes y se signan con la cruz.

Pero sí sé lo que yo deseo decirte, aunque cuando estoy bajo tu mirada pierdo un tanto la memoria y tan solo dejo que me mires, mientras yo también te miro, y sé que mi estancia no es anónima ni indiferente, que tú recoges, aunque no los pronuncias, todos mis deseos y escuchas todas mis intenciones.

Tú sondeas el corazón y las entrañas. Tú conoces, antes que llegue a mis labios, lo que vengo a pedirte, y sobre todo lo que otros me han encargado que te pida. Recoge benigno las intenciones que me han confiado y hazte presente de la manera que Tú sabes, en la vida de cada uno.

Son muchos los que me comunican su enfermedad, los que me hacen testigo de sus heridas más profundas e íntimas, las del corazón. Cada vez más conozco a personas que sufren por las relaciones familiares, y a quienes se sienten solos, aunque convivan con otros.

Acoge, Señor, toda nuestra pobreza, aun aquella que no sabemos expresar o nos da pudor pronunciarla, y que a veces nos resulta insoportable y sobrecarga nuestros hombros con el peso de la prueba.

Te contemplo inclinado hacia nosotros y ofreciendo tu hombro compañero. Tú escuchas y callas, hasta que el silencio nos permite sentir tu gesto compasivo.

Ahora que nos encontramos en intimidad, déjame grabar en mis ojos el destello de tu mirada, y guardar en mi memoria el reflejo de tus ojos, en los que se espejan los míos suplicantes, a la vez que amigos.

Ahora estoy dispuesto a escuchar tu Palabra, a la que deseo dar crédito porque es fiel, y yo la percibo aunque la pronuncies discreta.

Más allá de todas las intenciones, de lo quiero hablarte es de mi deseo más profundo, el que Tú mismo me dejas sentir en lo más íntimo, el deseo de ser enteramente tuyo. Y si Tú quieres, toma mi persona para alargar tus manos solidarias, amigas, y tu mirada atenta, sin prejuicios.

Señor, Tú callas, esperas, escuchas. Tú te inclinas silencioso, humilde. No te cansas de recibir mi alma y la de tantos que acudimos a ti porque sabemos que eres discreto y entrañable.

Tú no retiras el hombro de la Cruz, ni ofreces el halago de librarnos de la nuestra. Pero nos dices con palabras seguras: “Toma tu cruz, y sígueme”. Y cuando acierto a seguirte, siento alivio y la transformación de todo acontecimiento, que en vez de ser un hecho fortuito, tú lo conviertes en providencia.