jue

02

abr

2015

El abandono y la confianza en Dios

Jesús en Getsemaní oró diciendo: “Dios mío, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres”. Los que confían en el Señor, cuando se encuentran con un muro infranqueable o una puerta cerrada, cuando experimentan la oscuridad de la noche, y los sacude alguna noticia fatal, pueden reaccionar con el silencio o con el grito de auxilio; en todo caso, saben que hay Otro que los mira y los oye, y en el límite de la prueba, sienten fuerza a pesar de la debilidad.

“Los que en ti confían no quedan defraudados” (Dn 3, 40-43). Los que confían en el Señor son como árboles plantados junto a la corriente, que no pierden el verdor aun en tiempo de sequía. Sorprende que la oración más intensa de Jesús acontezca en el Huerto de los Olivos, árboles de hoja perenne, símbolo de quien confía.

Los que confían en el Señor gustan la perfecta alegría, la que cabe experimentar en el momento de mayor contrariedad, porque viven la ocasión de saber que el gozo se funda en Dios y no en el favor recibido.

“Confiad siempre en Dios, Él es la Roca perpetua”. Los que confían en el Señor, son como el Monte Sión, no tiemblan ni temen el futuro, saben que en todo los acompañará la mano providente. Jesús pronuncia sin arredrarse su oración de Getsemaní ante el Monte Sión, frente al Monte del Templo.

Los que confían en el Señor gustan la paz en su interior, y hasta el descanso del alma y la serenidad de la mente, porque cuando los asaltan las posibles especulaciones, saben trascenderlas y se fían de Dios.

Los que confían en el Señor, una vez que han realizado su tarea del mejor modo, no andan pendientes de su efecto, dejan que Dios infunda el incremento y dé el fruto fecundo, sin reivindicar la autoría.

Los que confían en el Señor no son personas ilusas o inconscientes ante la adversidad o el despojo. Les duele como a todos. Pero saben reaccionar y deciden mantenerse en actitud esperanzada.

Los que confían en el Señor,  además de apoyarse en recursos técnicos, económicos, sociales, logísticos y humanos, apelan en toda circunstancia al recurso de la fe, y no se sienten solos frente al abismo.

Los que confían en el Señor no están libres de accidentes en el camino, pero tienen más posibilidades de evitarlos, porque no andan desasosegados y nerviosos.

Los que confían en el Señor no lo hacen por incautos o irreales, como si no pisaran tierra. Guardan memoria y saben, por experiencia, que en otros momentos fuertes y dolorosos han contado con la asistencia del Señor y con la providencia de circunstancias bondadosas, como alivio en la fatiga.

Los que confían en el Señor, cuando hacen todo lo que está en sus manos, no se angustian si no ven los resultados, sino que se fían de Dios, quien tiene su momento y su hora para actuar.

Los que confían en el Señor conocen el secreto para vivir cada día con intensidad, sin quedar secuestrados en el ayer, ni hipotecados por lo acontecido, y sin evadirse ante un futuro que imaginan. Viven el presente de manera comprometida.