vie

27

mar

2015

V Viernes de Cuaresma

Jr 20, 10-13; Sal 17; Jn 10, 31-42

VIERNES DE DOLORES

En muchos lugares, la piedad cristiana dedica este viernes a contemplar de manera especial a la Madre de Jesús, próximos los días de su Pasión, fechas en los que la Liturgia se centra en la persona del Señor.

El profeta dice de sí mismo: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado” (Jr 20, 11), expresión que se puede aplicar a Jesucristo, quien se dispone al mayor gesto de obediencia, confiando en su Padre Dios. Estas palabras también podemos aplicarlas a María, la mujer fuerte en la hora del sufrimiento. Dicen que lo natural es que un hijo acompañe a su madre en la hora de su agonía, pero lo que es insoportable es el dolor de una madre cuando tiene que acompañar la muerte de su hijo.

Los versos del salmo se convierten en auténtica experiencia teologal, que no se puede explicar fácilmente con palabras, pero a la que el creyente da fe por la vivencia interior que le asiste. Si el salmista llega a confesar la certeza de la ayuda de Dios, ¡cuánto más la sentiría María! “Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Sal 17).

El argumento que expone Jesús ante los judíos, y que de manera única se lo aplica a Sí mismo –“Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios?” (Jn 10, 36)-, también podemos aplicarlo a la Madre del Señor, en quien la Palabra tomó carne.

Por los frutos se conoce el árbol, y por las obras se conoce a las personas. Jesús apela a su obra: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10, 38). La obra de María ha sido su Hijo amado, fruto bendito de su vientre.

No es comparable el culto a Cristo con el culto a su Madre, pero seguro que a Jesús no le disgusta que tengamos gestos de piedad para quien se dispone a ir detrás de Él hasta la Cruz.

Es día de hacernos consoladores del dolor humano, el que se instala en las entrañas, y que tantas veces lo tenemos junto a nosotros en personas muy conocidas. Porque, como dice Santa Teresa: “Siempre nos consuela más quejarnos a los que sabemos sienten nuestros trabajos y nos aman más” (Los Conceptos del Amor de Dios 3, 11).

SANTA TERESA DE JESÚS

Si en los relatos de las experiencias místicas, Santa Teresa narra “que por otra parte no se quita su deseo ni es posible haber remedio que se quite esta pena hasta que la quita el mismo Señor, que casi es lo ordinario con un arrobamiento grande, o con alguna visión, adonde el verdadero Consolador la consuela y fortalece, para que quiera vivir todo lo que fuere su voluntad”, María, ¿no va a tener consolación interior? ¿Acaso no serás tú quien pueda ser escogido para consolarla?