IV Jueves de Cuaresma (San José)

2Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rom 4, 13. 16-18. 22; Mt 1, 16. 18-21. 24a

EL ESPOSO DE MARÍA, LA MADRE DE DIOS

Hoy la liturgia interrumpe su aspecto penitencial, para rendir homenaje a quien Dios escogió como custodio y protector de su familia, al patriarca san José.

Las resonancias patriarcales y la bendición sobre la casa de Abraham y sobre la casa de David, se aplican muy bien a san José: “Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre” (2Sam 7, 13).

Pero si en algo se hace evidente la providencia divina es en la historia de quien, desposado con la joven María de Nazaret, se convierte en tutor y ante la sociedad en padre del Hijo de Dios. ““El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto” (Mt 1,19).

Bien se puede decir lo que hoy afirma san Pablo: “No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo” (Rom 4, 13). La casa de Nazaret es el edificio construido por la bondad de Dios. “Tu misericordia es un edificio eterno” (Sal 88).

SANTA TERESA DE JESÚS

Si cada día hemos traído a colación la enseñanza de Santa Teresa de Jesús, hoy podemos emular a la monja fundadora, encomendándonos, como ella lo hizo, al santo al que mayor devoción tuvo. Precisamente, los conventos fundados por la reformadora del Carmelo están prácticamente todos bajo el patrocinio del santo que guardó como nadie a su esposa y al nacido de ella, Jesucristo, el Verbo hecho carne por obra del Espíritu Santo.

“Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que quisiera, en otras más larga que era menester; en fin, como quien en todo lo bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino” (Vida 6, 8).

Dicen que cuando santa Teresa salía del convento, encomendaba la comunidad a san José. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra ­que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar­, así en el cielo hace cuanto le pide” (Vida 6, 6).