III Lunes de Cuaresma

2 Re 5, 1-15a; Sal 41; Lc 4, 24-30

PARADOJAS

Parece que no aprendemos nunca, y que los hechos se repiten de manera cíclica: a menudo se descubre que los extraños valoran mejor a los que destacan que los propios. La envidia, los celos, el afán de poder que impulsa a  intentar desplazar al compañero suelen ser  males endémicos.

Los textos de la Liturgia de este día nos ofrecen explícitamente un ejemplo histórico. Un extranjero, no judío, confiesa al Dios de Israel -“Reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel” (2Re 5, 15a). Los paisanos de Jesús, vecinos como Él de Nazaret, lo rechazan. “… todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo” (Lc 4, 29).

Es una lección que debiéramos aprender de una vez, y tendríamos que estar muy atentos, porque con más frecuencia de lo deseable, vemos que se margina a los que tienen valores porque los desplazan quienes especulan e intrigan. Y no solo en la política, sino en la misma Iglesia.

Deberíamos anhelar lo mismo que el salmista: “¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 41). ¡Qué bien si este fuera el mayor deseo, que filtrara todo proyecto pastoral y todo objetivo entre cristianos!

Están los tiempos revueltos, y cada día aparecen denuncias por malversación o inmoralidad, muchas fundadas, otras en las que cabe que se esconda el malquerer.

SANTA TERESA DE JESÚS

¡Qué bien describe la maestra el  proceso del amor propio, no exento de envidia! “Diréis «que son cosillas naturales, que no hay que hacer caso». -No os burléis con eso, que crece como espuma, y no hay cosa pequeña en tan notable peligro como son estos puntos de honra y mirar si nos hicieron agravio. -Por ventura en una comienza por poco y no es casi nada, y luego mueve el demonio a que al otro le parezca mucho, y aun pensará es caridad decirle que cómo consiente aquel agravio, que Dios le dé paciencia, que se lo ofrezcáis, que no sufriera más un santo” (Camino de Perfección 12, 8).

Es sabia la enseñanza que corta de raíz el movimiento del que se hiere por exceso de sensibilidad y hasta cree que es magnánimo, perdonando la ofensa, cuando el error consiste en creerse ofendido. “¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el camino, porque va errado desde el principio, y plega a Dios que no se pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra sin entender en qué está la honra. Y vendremos después a pensar que hemos hecho mucho si perdonamos una cosita de éstas, que ni era agravio ni injuria ni nada; y muy como quien ha hecho algo, vendremos a que nos perdone el Señor, pues hemos perdonado” (Camino de Perfección 36, 6).

¿Descubres en ti algún movimiento que socave la fama de otra persona?