vie

27

feb

2015

I Viernes de Cuaresma

Ez 18, 21-28; Sal 129; Mt 5, 20-26

EL PERDÓN

¿A quién no le gusta que le perdonen sus errores? ¿Quién es tan sádico que prefiera convivir con sus sombras, en vez de dejar que entre en su corazón la gracia del perdón?

Si es un deseo natural que te ayuden, comprendan y disculpen, es a la vez un deber hacia los demás tener entrañas de misericordia.  Y si el perdón de otro semejante reclama correspondencia, ¡cuánta misericordia con el prójimo debería surgir del corazón perdonado cuando ha recibido el perdón de Dios!

No creemos en un Dios incapaz de compadecerse de nosotros. Por el contrario, Él se muestra magnánimo con quienes se arrepienten. “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18, 23).

La certeza del perdón divino nos hace posible subsistir en la prueba de la propia debilidad sin echarnos al barranco de lo irremediable. Así lo reza el salmista: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto” (Sal 129).

En la vida cristiana es esencial la actitud de perdonar; de lo contrario, las obras de piedad se desnaturalizan. “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23).

SANTA TERESA DE JESÚS

La gracia del perdón reclama respuesta agradecida: “Sirve y espera en su misericordia, que remediará tu pena, cuando la penitencia de tus culpas haya ganado algún perdón de ellas; no quieras gozar sin padecer” (Las exclamaciones del alma a Dios VI, 3).

La actitud de las personas que se saben amadas de Dios debe ser no solo el perdón mutuo, sino la delicadeza: “Hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la virtud (Camino de Perfección 41, 7).

En caso de que se aposente en las relaciones humanas la rivalidad, entonces acontece lo peor, que se echa al Señor de casa: “Cuando esto hubiese, dense por perdidas. Piensen y crean han echado a su Esposo de casa y que le necesitan a ir a buscar otra posada, pues le echan de su casa propia” (Camino de Perfección 7, 10).