I Lunes de Cuaresma

Lev 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mt 25, 31-46)

LOS MANDAMIENTOS

Si quieres avanzar por el camino del Señor sin caer en el error del subjetivismo, y acertar siempre con la dirección adecuada, deberás tener en cuenta lo que Dios reveló a Moisés y que es precisamente la vocación de todos a la santidad: “El Señor habló a Moisés: -«Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19, 1-2).

Cuando se habla de mandamientos, leyes, reglamentos o normas, nos suele surgir  resistencia porque interpretamos que se pierde libertad, autonomía y personalidad. Sin embargo, quien acoge las indicaciones de la Sagrada Escritura como guía, experimenta libertad y anchura de corazón. “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a  los ojos (Sal 18).

Tendría que ser suficiente saber que los mandamientos son consejos sabios de Dios al hombre para tomarlos como código de conducta, sin más compensación que la de llevar a cabo el querer divino. Pero además de la paz y la alegría que se aposenta en el interior del alma cuando se cumple la ley del Señor, se nos anticipa el veredicto final: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación  del mundo. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

SANTA TERESA

El fundamento de toda Regla de Vida son los mandamientos de Dios. Ninguna constitución religiosa podrá ser aprobada ni gozará de autenticidad si no coincide fundamentalmente con lo que Dios ha revelado como voluntad suya. Así lo enseña la Maestra y Fundadora: “Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas” (Moradas  I, 2, 17).

Cuando se nos preguntaba el catecismo, al final de la recitación de los 10 mandamientos, cerrábamos con la conclusión: “Estos dos mandamiento se encierran en dos, el amor a Dios y al prójimo, así lo enseña, también, Santa Teresa: “Sabemos el camino como hemos de contentar a Dios por los mandamientos y consejos, en esto andemos muy diligentes” (Moradas VI, 7, 9).

En resumen, nos dirá la doctora: “Seáis bendito y alabado por siempre, que tan buen amador sois. ¡Oh Dios mío y criador mío! ¿Es posible que hay nadie que no os ame? (Los Conceptos del Amor de Dios 5, 5). “De aquí adelante Señor, quiérome olvidar de mí y mirar sólo en qué os puedo servir y no tener voluntad sino la vuestra”  (Los Conceptos del Amor de Dios 4, 12).