Carta de Cuaresma

Al acercarnos al tiempo de Cuaresma, en el que se contempla de manera especial el padecimiento de Cristo y en el que la Iglesia nos llama a la preparación intensa de las fiestas de Pascua, te ofrezco mi oración ante el Crucificado.

¿Por qué, Señor, tiene que abrirse la herida para recuperar la sensibilidad?

¿Por qué se tiene que palpar el dolor para que se despierte la compasión?

¿Por qué hay que llegar a la extrema contingencia para acudir a la oración de súplica y a la petición de auxilio?

¿Por qué, en un instante, es posible tocar el cielo y al siguiente probar el horror del infierno, en un segundo gustar la cumbre luminosa e inmediatamente el hundimiento en el abismo?

¿Por qué es posible pasar, sin tregua, de la calma a la tormenta, del día a la noche, de la luz a las tinieblas?

¿Por qué puede instalarse en el interior un sentimiento de heroicidad, y poco después tocar la quiebra y el fracaso más doloroso?

¿Por qué, Señor, después de haber gustado tu amor, de experimentar y de saber que Tú eres el único Dios, uno se puede quedar atrapado por las criaturas, mendigo de afectos humanos?

Reconozco que en estas preguntas se puede refugiar el narcisismo negativo, y que estas cuestiones son un tanto egocéntricas.

Sospecho que tantas contradicciones se deben al orgullo herido. Y hasta cabe que en el fondo de la experiencia se esconda el resentimiento vanidoso.

No estoy seguro de que los interrogantes no se deban a una reacción justificativa. Aunque es posible que todo sea efecto de un proceso de maduración personal.

Seguro que los maestros espirituales relativizan el drama, y saben leer la situación en un contexto más amplio que el presente un tanto desconcertante. Lo cierto es que, en cualquier caso, se trata de una experiencia dolorosa, en la que nos asalta la inseguridad, y hasta nos pueden invadir la angustia y el propio desprecio, si en medio de tanta contradicción no surge la referencia creyente a la misericordia, y desde ella se recobra la confianza.

Sin que recurrir al perdón sea un remedio barato, en muchos casos no hay otra salida que el reconocimiento humilde de la debilidad, la apertura a la misericordia y la celebración sacramental del perdón. La Iglesia nos lo ofrece en este tiempo como gesto entrañable. Es tiempo propicio para la conversión, para comenzar de nuevo en el deseo de ser coherentes con el Evangelio.