dom

08

feb

2015

V Domingo del tiempo ordinario

Ruinas de Cafarnaúm
Ruinas de Cafarnaúm

Job 7, 1-4.6-7; Sal 146; 1Co 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39

LA JORNADA DE JESÚS

En este tiempo ordinario, nos conviene tener referencias que nos ayuden a caminar sin caer en el tedio ni en la monotonía.

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece un texto emblemático que sintetiza el modo en que Jesús estructuró su jornada, o dividió el tiempo de su vida pública.

Es significativo el hecho de que Jesús se instale en Cafarnaúm, ciudad fronteriza con los pueblos paganos, tanto con Tiro y Sidón, como con las ciudades de la Decápolis. Con ello manifiesta que su misión es universal, lo que demostrará en su incursión por las tierras del Norte, y cruzando a la otra orilla, hacia el Este; ambas direcciones se adentraban por territorios paganos.

No obstante la presencia pública en la ciudad comercial y de tanto tránsito, el Evangelio señala cuatro espacios diferentes en los que Jesús se mueve; cada uno de ellos se convierte en enseñanza.

Por la mañana, va a la sinagoga; al mediodía, a casa de Simón; al atardecer atiende a los enfermos en la calle, y a la madrugada, de forma sigilosa, se retira a un lugar solitario para orar.

La oración comunitaria, la relación doméstica y familiar, la misión evangelizadora y la oración íntima y personal se conjugan de modo perfecto, para decirnos cómo debería ser nuestra jornada en cuanto a armonía y al ejercicio de las relaciones esenciales, el trato con nuestro Padre Dios, la vida social y laboral solidaria, la vida religiosa y familiar, y la relación interior.

Quizá no se pueda vivir a diario el arquetipo de la jornada del Señor,  pero deberá ser un referente para el propio discernimiento. Del equilibrio que mantengamos en las diferentes dimensiones dependen el crecimiento personal, la maduración espiritual y la estabilidad en la opción de vida cristiana.

Esta vez, nos hemos fijado en el texto evangélico. Sin embargo, las tres lecturas tienen su enseñanza, y son aviso para no perecer en el tedio, a la vez que para llevar a cabo la tarea que se nos ha encomendado: “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero” (Job 7, 1). “El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9, 16).